Hasta hace poco, uno de los soportes de las investigaciones liberales sobre el Nuevo Testamento era el concepto de que Jesús, durante el curso de su carrera o inmediatamente después de su muerte, dio origen a una amplia variedad de reacciones, cada una de las cuales tomó cuerpo en un círculo particular de seguidores que partieron en sus propias más o menos individuales direcciones: una especie de división de Jesús en sus partes componentes. Solo después, decía la teoría, esas piezas separadas se reunieron, como se refleja en el trabajo de los evangelistas. Tales teorías fueron un intento de incluir todos los diferentes elementos que se encuentran en los evangelios y en el movimiento del cristianismo inicial en general, elementos que parecían poseer su propio e independiente carácter y que a menudo no podían encontrarse cercanamente asociados entre sí en las etapas previas a los evangelios.
Todo esto creó la imagen de una figura multifacética cuyas enseñanzas habían impresionado tanto a un grupo de gente que ellos registraron los proverbios de esa figura y nada más, alguien cuyas hazañas maravillosas fueron recogidas por otro grupo que recolectó las colecciones de milagros que se le atribuían, alguien cuyos conflictos con el orden establecido religioso eran recordados inclusive por otros que preservaron las tradiciones representadas en la controversia o los relatos acerca de los pronunciamientos de los evangelios. Enfrentada a estos grupos que respondían a las facetas del ministerio de Jesús estaba también otra tradición, representada por las epístolas. Esta fue una reacción a su muerte en Jerusalén, la que creó, a partir del hombre humano, una divinidad cósmica preexistente, un redentor Hijo de Dios que había sufrido, sido crucificado y que se levantó de su tumba. Grupos misceláneos como los parientes de Jesús y los Pilares de Jerusalén, junto con varias sectas judío-cristianas que después afirmarían rastrear sus ancestros hasta a la comunidad primitiva que rodeaba a Jesús en Jerusalén, fueron encajadas en el mosaico de varias maneras, algunas veces superpuestas.
¿Se trata de un solo Jesús o de varios? Estuvieron estas partes constitutivas enlazadas de alguna manera significativa antes de que se reunieran en los evangelios? ¿Se remonta alguno de estos componentes a algún personaje único a quien se puede llamar “el Jesús histórico”?
Estos son los tipos de preguntas que trata Deconstructing Jesus [La deconstrucción de Jesús]. El nuevo libro de Robert Price es un retozo vigorizante, una excursión sin restricciones a través del horizonte de la Palestina del primer siglo y más allá. Sus diversas escenas incluyen todos los movimientos activos de entonces que revelan su existencia en el registro cristiano inicial; abre puertas hacia los basamentos mitológicos y rituales de los relatos y la fe cristianos. Filósofos itinerantes, agitadores de la reforma social y religiosa, novelistas románticos, salvadores personales e iconos populares son solo algunos de quienes (junto con los investigadores modernos, algunos de ellos de la variedad “crítica”, que deambulan por el mismo paisaje, llevando aún gafas ahumadas de variados tonos evangélicos) son sujetos al ojo penetrante, la comprensión juiciosa y el atrayente ingenio de Price. Su conocimiento parece enciclopédico y es fascinante su habilidad para diseccionar y reacomodar las piezas de un polifacético mundo antiguo.
Puesto que el panorama que se nos muestra es tan variado, habría sido fatal para Price establecer una conclusión desde el principio e interpretarlo todo de acuerdo a ella. Price no nos da ninguna declaración inicial de que su deconstrucción del fundador cristiano tendrá que conducir al rechazo de toda existencia de tal personaje. Eso seguirá por verse. Algunos de sus escenarios deben colocar sobre el estrado a un Jesús representativo, por lo menos mientras la acción se desenvuelve. Una vez que la escena ha transcurrido, podemos preguntar si el personaje central de ella estuvo ahí en realidad o si su presencia fue una construcción posterior hecha para darle cuerpo a esas tradiciones y recuerdos. No obstante, es innegable que deben ser tomados en cuenta muchos diferentes “jesuses”, y hacia el final de este libro debe admitirse que ni siquiera el más mago de los apologistas podría reunirlos todos en un todo histórico y armonioso.
Movimientos jesusanos y cultos crísticos
Uno de esos modernos investigadores magos es el muy radical y muy secular Burton L. Mack, quien a pesar de todo, en última instancia, aún adhiere a la idea de que un solo hombre histórico tuvo un aporte (aunque no exclusivamente) en todas las principales facetas mayores que componen el posterior cristianismo personificado en el Evangelio (Mack, sin embargo, ha abandonado el modelo Big Bang por el que todo el cristianismo procedió de la percibida resurrección de Jesús, defendiendo más bien la existencia de muchos movimientos y reacciones jesusianos de los cuales solo uno incluía la idea de resurrección). Price examina primero las principales características del primer panorama cristiano a través del prisma de la diferenciación de Mack, ampliando la imagen y singularizando sus debilidades.
El escenario galileo de Q[1], con apóstoles itinerantes y vagabundos radicales, cobra vida en las manos de Price. Él dirige nuestra atención hacia las características “parasitarias” de los profetas trashumantes contra quienes advertía la Didaché [obra conocida también como Enseñanzas de los doce apóstoles] entre otras, a la comunidad establecida (capítulo 11). Casi como sucede con los actuales evangélicos de la TV, el significado que subyace detrás de ciertos anteriormente prístinos sentimientos acerca de la caridad es revelado como algo sutilmente de beneficio propio (Price lo llama “la teología de la recolección de fondos” [p. 50]) cuando tales profetas exhortaban a sus oyentes a que convirtiesen sus posesiones terrenales en dinero para entregarlo a los pobres. El proverbio que aparece en Marcos 14:7 puede revelar justamente cuáles eran los “pobres” que esos profetas tenían en mente. Ciertos elementos en los primeros evangelios son mostrados como si estuvieran tratando de superar la declinación del movimiento de predicadores itinerantes en general. Esas observaciones son expresadas de manera aún más efectiva mediante el humor de Price y la llaneza de su enfoque.
Si se va a ver la resurrección como el producto de solo una facción del cristianismo inicial [p. 56], surge la pregunta de si incluso la muerte de Jesús fue un hecho conocido o dado por sentado en todas las reacciones que él produjo. ¿Podrían los cristianos primitivos haber creído que Jesús había escapado de morir durante su ejecución? Como los musulmanes, algunos pueden hacer creído que Jesús había sido sobrenaturalmente arrebatado o escondido por Dios. Quizá él fue simplemente rescatado de una penosísima pero no fatal crucifixión. Esta se convierte en una idea no tan loca cuando se nos hace recorrer a través de algunos reveladores elementos del Evangelio de Marcos que parecen apuntar hacia ese desarrollo de la trama, y que quizá refleja alguna versión anterior o precedente. Vamos a echar una mirada a esos elementos “romántico novelescos” más adelante.
Price pregunta si Jesús fue solo uno de muchos en el escenario y alguien a quien varios grupos veneraban, en momentos en que tales personajes se afanaban por la prominencia de su propio lugar en las mentes de adherentes que competían entre sí. ¿Fue adoptada la resurrección como un atractivo de venta por una de esas facciones al interior de una “cristiandad creativamente incipiente, inestable y diversa”? Quizá fue el producto de una rivalidad entre los seguidores de Juan el Bautista y Jesús. Viendo a los grupos que Mack distingue como dedicados a preservar los milagros de Jesús, ¿tuvieron estos una agenda política para convertir a Jesús en un nuevo Moisés, en contraste con un nuevo David? Los milagros del Evangelio, después de todo, son emulaciones del primero, mientras David como modelo a seguir está notablemente ausente. Quizá tales elementos en los evangelios sean reflejos de ciertos intereses del norte, ajenos a Judea, con Jesús como su simbólico portavoz no davídico.
Estas y un conjunto de cuidadosamente investigadas y entretenidas preguntas siempre pueden ser vistas como apoyadas por algunas facetas de la evidencia, y uno siente que Price las ha lanzado sobre la mesa no solo como un indicador de su objeto fundamental (mostrar cuántos y cuán variados son los elementos que pueden ser descubiertos bajo la figura compuesta de Jesús) sino también para tener al lector salivando en perversa fascinación y no pocamente ansioso. Inclusive para el pobre mitólogo el cuadro se pone desconcertante: ¿cómo acomodar todos estos elementos en una imagen coherente de la no existencia de un Jesús histórico?
Q y los cínicos itinerantes
No me dejen, sin embargo, alejarme demasiado del camino de la jornada que está siendo emprendida. He hecho alusión al escenario Q, y en este punto Price enriquece substancialmente nuestro entendimiento de la naturaleza y el trasfondo del movimiento por el Reino de Dios que tenía su centro en Galilea. Mack, Crossan y otros han revelado una Galilea densamente helenizada y solo marginalmente judía. Varios filósofos / apóstoles cínicos peripatéticos pueden ser ubicados aquí en el periodo precristiano. Los paralelos entre Q (esos estratos de enseñanzas atribuidos por los investigadores críticos modernos al Jesús histórico) y el estilo de vida y la visión del mundo cínicos son sorprendentes. Los cínicos, también, predicaban un reino de Dios / Zeus, dirigían dardos cínicos a las convenciones sociales establecidas, usaban formas de la chreia [“ejercicio elemental... en el expositor o el escritor comentan brevemente un evento o un proverbio famoso”, ver www.grammar.about.com] para penetrar la esencia de sus enseñanzas. ¿Estaban los predicadores de Q imitando a tal Jesús, quien a su vez debía su inspiración al movimiento cínico? ¿Reimaginaron simplemente un Jesús del pasado en una imagen cínica más nueva? Se podría añadir también: ¿inventaron ellos un Jesús para darse un fundador y precursor más aceptable e identificable?
Price nos da diez páginas [151-160] de paralelos entre los proverbios de Q1 (el aparente basamento del documento Q) y los pronunciamientos al estilo cínico de sabios famosos como Epicteto, Séneca o de aquellos quienes informaban acerca de los filósofos cínicos como Diógenes Laertius. Parece haber poca duda de la proveniencia original de las enseñanzas centrales del Jesús evangélico, y no es judía. Esto hace por demás irónico el atractivo moderno que para los religiosos conservadores tiene un cristianismo que preserva una llamada tradición judeocristiana: algo que en realidad constituye una ética que es griega y una filosofía y un ritual de salvación derivados de la cultura completamente helenística de los cultos del misterio.
Price sugiere que Q1, “lejos de permitirnos acceder por primera vez al Jesús histórico, es más bien incoherente con un Jesús histórico” [p. 150]. Mientras gente como Burton Mack detecta (muy acertadamente) un carácter pronunciado en los proverbios de Q1, con un ingenioso humor y un sabio sentido común que supuestamente implican una personalidad definida, las mismas características pueden igualmente ser encontradas en el cuerpo de proverbios cínicos con los que han sido comparados, proverbios que identificablemente “nacen de los muchos y diferentes filósofos cínicos a lo largo de varios siglos”. Si estos últimos proverbios no necesitan haber provenido de una sola persona, razona Price, tampoco lo necesitan aquellos atribuidos a Jesús.
Price observa además que todas las otras colecciones de proverbios del mundo antiguo están atribuidas a una figura prominente (como los muchos que se le atribuye a Salomón o las colecciones de salmos adscritos a David) y que esa atribución es ficcional, y la figura misma, legendaria. Price nota que atribuir proverbios anónimos o tradicionales a una figura autoritativa, es un giro fundamental de parte de una “manera de pensar canónica”. En lugar de dejar que la sabiduría misma de tales proverbios se yerga sola, autoevidente y proverbialmente establecida a partir de la experiencia, su legitimidad se funda en el hecho de que fuera dicha por alguna figura respetada o glorificada, cuya comunicación con una divinidad superior es enfatizada. Al imponerse la teología, los proverbios pasan al reino de la revelación y la profecía. Como “proverbios que consagran la sabiduría, no la revelación”, la atribución de Q1 a Jesús no es característica del género proverbial y sugiere un desarrollo ulterior.
Price postula que la raíz de este Q cínico entró al movimiento pro Reino Judío por medio de los Temerosos de Dios, esos gentiles vinculados al judaísmo. Está de acuerdo (conmigo) en que la base Q de proverbios no tenía circunstancias narrativas y ninguna historia sobre las controversias de Jesús. En los evangelios, el punto evidente de un proverbio mismo a menudo se ajusta menos que perfectamente a la situación del entorno que los evangelistas le dan, como si el significado del proverbio original estuviera perdido o fuera confuso al momento de adaptarlo a su nuevo ambiente. Las historias sobre controversias, con Jesús como personaje estrella, son por tanto adiciones posteriores que presentan a un originador singular, heroico, que simplemente es una figura ideal.
Las raíces de una elevación
Al examinar la categoría de Mack de ‘culto crístico’, Jesús como hombre-dios salvador venido del cielo, Price descubre una variedad de raíces. Aquí, en algunos casos, yo añadiría mi propio elemento y haría una distinción entre la interpretación ulterior de un Jesús histórico impuesta sobre raíces que pueden haber carecido de él, y la separada cuestión de cómo tal interpretación podría inicialmente haber sido hecha sobre un hombre histórico real. Price señala la idea de un ‘culto a Jesús Mártir’, que gente como Mack y Sam Williams han formado siguiendo la línea de las muertes como mártir / víctima sacrificial que se leen en Macabeos 2 y 4. Esta categoría, dicen Mack y Williams, comprendía a gente jesusana que, consciente del hecho de la muerte de Jesús, la vio como una muerte que Dios podría estar dispuesto a aceptar como expiación por ciertos pecados, a saber, aquellos de los paganos que poblaban las filas de tales creyentes. Así, Jesús y su gente fueron los medios por los que Dios abrió las puertas a los gentiles y les permitió acceder a la casa judía.
No tengo duda de que una vez que un Jesús inventado estuvo sobre la mesa, los grupos gentiles bien podían haber impuesto tal interpretación sobre él, sugerencias de lo cual aparecen en los evangelios. En primer lugar me pregunto, sin embargo, cómo podría haber surgido tal lectura de un hombre real y sobre qué cimientos se construyó. Difícilmente comenzó de la nada, como si fuera la primera evaluación hecha por un grupo nuevo acerca de un rabino de otro modo desconocido. Tenía que ser una superposición sobre un previo movimiento jesusano, y este es el modo como Burton Mack le da forma. Con todo, la imagen de lo universalmente separadas que están la tradición de los cultos de la tradición de la enseñanza, sin nunca encontrarse las dos, hace muy dudoso ese paso. Las epístolas, en total un registro anterior a los evangelios, no dan ningún signo de que una fase Jesús mártir precediera a la completamente desarrollada dimensión del Cristo cósmico que satura el corpus paulino y las epístolas a los Hebreos, y ciertamente tampoco que todo esto creciera a partir de un movimiento inicial que veía a Jesús simplemente como un sabio maestro.
Esa primera expresión existente en las epístolas va más allá de cualquier visión derivada de Macabeos. Jesús es una divinidad descendida del cielo, y en el himno en Filipenses 2:6-11 (posiblemente una de las primeras expresiones supervivientes de la fe cristiana) no hay ninguna doctrina de la víctima sacrificial. La consecuencia de la muerte es la exaltación, y el fin puede ser que, por medio de relaciones paradigmáticas entre divinidad y devoto, una garantía similar se otorga para este último. Apocalipsis tiene bastante de la misma soteriología. Pablo, es verdad, ofrece la doctrina de “morir por el pecado” como parte de su evangelio básico, pero él también propone una garantía paradigma con respecto a la resurrección, como se expresa en Romanos 6:5. En general, el tipo de concepto a lo Sam Williams es difícil de apoyar a cualquier nivel de profundidad al interior del registro más antiguo.
Como sea, probablemente no hay duda de que la doctrina de la muerte sacrificial que tiene una expresión en la tradición judía al interior de Macabeos 2 y 4, ha alimentado la imagen del Jesús compuesto (aunque ciertamente es, como Price señala, discreta en los evangelios). Luego, existe el Cristo / antropos (“Hombre”) del mito de estilo gnóstico, la idea del Redentor que desciende, que es muy pronunciada en el Evangelio de Juan y es en última instancia un producto de la filosofía pagana. Sin identificar a Pablo como ‘gnóstico’, Price ve al Cristo paulino en la misma categoría y señala que el Jesús de Pablo realmente no tiene nada que ver con el Mesías Judío y que el mesianismo judaico ni tiene ninguna de sus características. Inherente en tal tipo de visión (proto) gnóstica está la idea de que Cristo habita en el creyente y que el apóstol que lo predica posee en sí un altamente desarrollado sentido del Cristo / Redentor. Pablo, con sus “Cristo en ustedes” y “todos somos miembros del cuerpo de Cristo”, cae en esa línea de pensamiento.
Aquí viene bien aquí una idea traída a mí por un anterior ensayo de Price: una reveladora observación acerca de ese himno en Filipenses. En su exaltación post mortem al cielo, al Cristo de Pablo se le ha dado el “nombre por sobre todos los nombres” ante el cual cada rodilla se doblaría y cada lengua confesaría, en el cielo y en la tierra. El versículo 10, junto con el sentido del pasaje, afirma que este nombre es “Jesús”. El versículo 11 tradicionalmente ha ofrecido una salida, en que confesar que “Jesús Cristo es Señor” podría implicar que el nombre conferido es “Señor”. Sin embargo, Price señala el hecho obvio de que “Señor” no es un nombre; es un título. “Señor”, además, ya ha sido tomado, al ser el título de Dios mismo. Es una tentadora deducción, que pone la “prueba” al alcance de uno, que si el Cristo sacrificado y exaltado recibió el nombre de Jesús (Salvador o “Yahweh Salva”) solo cuando retornó al cielo, no podría haber sido visto como basado en un hombre de ese nombre que previamente había vivido sobre la tierra.
Como una deidad que murió y resucitó, Jesús cae en esa prominente categoría de dioses salvadores adorados por un conjunto de cultos paganos de los misterios. Price describe varios mitos y fórmulas de los misterios que tienen un extraño parecido con la manera en que los primeros cristianos presentaban a su Cristo. También ofrece un conocimiento fundamental sobre los significados básicos y las fuentes de las creencias de tales cultos. Y en la más efectiva y satisfactoria muestra de contradesenmascaramiento que yo haya visto en relación a este tema, cuidadosamente desacredita esa tendencia del siglo XX de los investigadores apologéticos que ha buscado separar al salvador Jesús cristiano de la similar expresión de los misterios. Jonathan Z. Smith (“Dioses que mueren y se levantan”, en la Enciclopedia de la Religión) y Gunter Wagner (El bautismo paulino y los misterios paganos) son solo dos de muchos ofensores que infantil o arrogantemente han retorcido, leído y malinterpretado los misterios griegos y el cristianismo paulino con el fin de divorciar a Jesús de sus colegas salvadores de otros cultos: Dionysos, Attis, Osiris & Co. Nadie podrá leer estas páginas [88-91] y darle nuevamente a tan insistentes y especiales tácticas ninguna credibilidad.
Solo un aspecto original fue introducido por cristianos como Pablo con respecto a su deidad salvadora. Mientras la tradición helenística de la liberalidad y la inclusión permitía la existencia lado a lado de muchas deidades de cultos al interior del panteón de salvadores (y muchos devotos paganos se aseguraron sus apuestas al suscribirse a los cultos de varios dioses salvadores), solo el cristianismo reclamó la exclusividad para su versión de la vieja tonada y consideró a Jesús Cristo como la sola fuente existente de salvación.
Fariseos y chivos expiatorios
Dejando atrás las categorías de Jesús y los misterios paganos de Mack, Price cambia de camino y nos dirige por otras vías aún más fascinantes. Compara la primera documentación cristiana con el desarrollo del judaísmo en el primer siglo y presenta una imagen clara de la disparidad y el anacronismo que crean los evangelios. Muestra cuán improbable es que el judaísmo farisaico hubiera estado presente en Galilea, en cualquier grado, antes de la Guerra Judía, haciendo de la disputada lucha de Jesús con el establecimiento religioso, que presenta el Evangelio de Marcos, un obvio anacronismo. Tal situación habría surgido solo luego de la Guerra, cuando la destrucción de Jerusalén resultó en la dispersión de los fariseos hacia el norte, donde intentaron establecer su propio judaísmo “normativo” en su nuevo hábitat.
Price también contrasta la actitud rabínica hacia la autoridad colectiva, comunal, con el énfasis cristiano en la singularidad de Jesús. Esta es otra indicación más de la tendencia reflejada en Marcos y el cristianismo de fines del primer siglo de subsumir todas las creencias y prácticas bajo una sola figura carismática autoritativa. Tal tendencia sirve la necesidad sectaria universal de presentar una fachada fuerte frente a las fuerzas hostiles y de evitar el debilitamiento interno de la fe, una necesidad que a menudo conduce a la invención y la glorificación de las figuras fundadoras. Ciertamente, los relatos de controversias abundan en anacronismos, dice Price, e indican que el estrato anterior no se relaciona con un fundador individual sino con el movimiento mismo y sus muchos miembros. Algunos indicadores apuntan a anteriores debates intracristianos más que a conflictos con extraños. Price también considera la tradición de la “fuga a Pella” y la ve como una leyenda legitimadora para grupos ulteriores. Las necesidades y circunstancias presentes tienen un modo de leerse hacia atrás, en el pasado.
De varios modos, el capítulo sobre la deconstrucción del elemento de la pasión de la historia de Jesús según las teorías del “chivo expiatorio sagrado” de Rene Girard, es el punto más alto del libro. Girard, quien escribió y desarrolló sus conceptos a lo largo de unas cuantas décadas, ha establecido inclusive otra dimensión con la que puede ser medido el Jesús deconstruido. Esta dimensión particular atraviesa una de las más profundas tendencias inconscientes de la humanidad, tendencia que se extiende hacia atrás en la irrecuperable prehistoria y hacia adelante en los funcionamientos inconscientes de los impulsos sociales, incluso hoy. Este no es un tema que pueda tratar como se merece en esta reseña, en parte porque no es un área en la que me sienta por completo como en casa. No obstante, Girard claramente ha abierto la puerta a un profundo y perturbador entendimiento de la psique humana, pese a que no pudiera, él mismo como creyente cristiano (como señala Price), extraer las implicaciones totales para los evangelios mismos. Es suficiente decir que en tiempos de presión y crisis social, la necesidad de tener un chivo expiatorio se hace dominante, y la naturaleza y el destino de este chivo expiatorio siguen reglas intrincadas y (una vez descubiertas) predecibles. El chivo expiatorio debe ser el “doble” de la sociedad, suficientemente representativo para servir como un símbolo de la sociedad misma pero aún bastantemente un personaje “marginal” de modo que se evitarán todas las repercusiones sobre la sociedad en respuesta a su asesinato. En el proceso, el chivo expiatorio puede convertirse en “sagrado” y su sacrificio redime (resuelve la crisis). También son operativos un conjunto de otros aspectos. La narración evangélica, en muchos niveles, puede ser vista como que satisface estas necesidades simbólicas e inconscientes, haciendo altamente dudosa cualquier búsqueda que la vea como una narración de un evento histórico. Este capítulo del libro es una visita obligada y merece el estudio más cercano por el lector.
Biografías y romances
A inicios del libro [pp. 35-42], Price ofrece una serie de extractos de las historias aretalógicas del mundo antiguo. Una aretalogía es “la biografía de un héroe religioso o la vida de un santo, cargada de lo maravilloso”, escrita acerca de hombres tales como Moisés, Alejandro el Grande, Pitágoras, Apolonio de Tyana y muchos otros. “Como Jesús —dice Price—, de muchos ellos se creía que habían sido el Hijo de Dios, milagrosamente concebidos, que tuvieron nacimientos anunciados por dioses o ángeles”. Da ejemplos de las vidas de Pitágoras por Iamblico, de Alejandro por Plutarco, de Apolonio de Tyana por Filostrato, y de otros, analizando los paralelos cercanos que estos tienen con elementos de la narración de Jesús: cosas tales como concepciones celestiales por parte de una mujer humana, el asombro creado entre sus mayores por el héroe adolescente debido a sus conocimientos y piedad, una carrera de milagros y exorcismos. Es claro que la narración de Jesús, en consideración con estos elementos, está cortada exactamente por la misma tijera, lo que echa la más grande de las dudas sobre la veracidad de tales ingredientes evangélicos.
Más adelante en el libro Price se mueve hacia el otro extremo de la vida de Jesús y compara la narración de la pasión con las ubicuas historias fabulosas del mundo antiguo. Sus artefactos narrativos básicos incluyen un enredo que lleva al héroe cerca a la muerte, a menudo cerca a la crucifixión e incluso la sepultura pero con un rescate o reavivamiento desde el coma en el último minuto. Elementos tales como dolientes que vienen a una tumba después de tres días, piedras que se retiran de la entrada a una tumba, sorprendidos seguidores o espectadores que observan una tumba vacía, alguien que le pregunta a un doliente por qué llora, el encuentro del héroe con amigos y familiares después de tal reavivamiento o escape, todo eso abunda en tales novelas.
La cercana similitud entre la Pasión y la narración de la resurrección, por un lado, y este género, por otro, lleva a Price a preguntarse si una versión del cuento anterior a la de Marcos podría haberse adherido inclusive más cercanamente al estereotipo. ¿Fue en realidad el cuento de un sabio (el sabio carismático de Q) que fue falsamente condenado y que escapó cerca a la muerte? Marcos, por razones teológicas, la habría convertido en la muerte y resurrección reales de una figura deificada; parecería, sin embargo, que dejó dentro muchos aspectos que apuntan solo a una muerte cercana y a un rescate en el último minuto (“si Jesús hubiera supervivido a la crucifixión, apareciendo aún vivo, no vivo nuevamente”), aspectos tales como la oración de Jesús por su liberación en Getsemaní, Pilatos expresando su sorpresa porque Jesús estuviera muerto después de solo seis horas en la cruz o el hacer que un rico (José de Arimatea) ponga en su propia tumba el cuerpo de Jesús. Los romances a menudo usaban esto último como una oportunidad de hacer que los ladrones de tumbas irrumpieran en la tumba para robar sus riquezas, solo para descubrir que el cadáver aún vivía. Sin importar cómo decida uno interpretarlos, los paralelos son sorprendentes y fascinantes.
¿Hubo un Jesús histórico?
En el capítulo final, Price llega al nudo del asunto y trata la cuestión central. ¿Es posible juzgar si un hombre histórico yace bajo toda esta deconstrucción? Para hacerlo, primero se debe responder a la relacionada pregunta de si un Jesús histórico yace bajo las epístolas. En otras palabras, ¿podría haber habido un hombre histórico que fue rápidamente glorificado? Para responder esto, Price examina el reciente y continuado caso de la deificación del finado rabino Menachem Schneerson del movimiento Lubavitcher del judaísmo jasídico.
Poco después de su muerte, algunos de lo seguidores de Schneerson, en razón de la santidad y sabiduría legal de éste, fueron llevados a identificarlo con el Mesías prometido. Pronto estaban considerándolo como “la Esencia y el Ser de Dios vestidos con un cuerpo”. Price establece paralelos entre este proceso y una lectura del Evangelio de Juan cuando este revela una elevación similar de Jesús al estado de Mesías y Dios, y la resultante separación de la comunidad de la sinagoga.
El análisis que hace Price del Evangelio de Juan es perceptivo, especialmente en cuanto a su posible elemento docético (que va a contracorriente de la usual visión de Juan como guardando intenciones antidocéticas, al menos en su versión final). Pregunto, sin embargo, si no tiene problemas el ver a Juan como si tratara de la elevación histórica de un hombre reciente. Si Juan es lo suficientemente ulterior a los evangelios sinópticos como para reflejar una ahora establecida creencia en un Jesús histórico que el originalmente alegórico Marcos había creado, el escenario podría funcionar. No obstante, la diferencia fundamental entre Jesús y el rabino Schneerson es que nadie jamás perdió de vista los orígenes humanos y el carácter de este último; él no ha sido (hasta ahora) presentado en términos enteramente celestiales sin ninguna referencia a una vida sobre la tierra. Pienso que tampoco Schneerson ha sido aún elevado al estado de preexistente creador y sostenedor del universo.
La epístola 1 de Juan, que yo (y unos pocos otros) sostengo debe ser datada con anterioridad al Evangelio, no muestra una etapa más primitiva de la actitud de los evangelios hacia Jesús. Más bien, apenas refleja a un Jesús humano. Una disputa en el capítulo 4 parece reflejar un debate sobre si Jesús Cristo había en realidad venido a la tierra (de paso, Price ofrece una interpretación muy interesante de la característica evidente de varias “capas” en la primera epístola de Juan. Más que una sola carta retrabajada con nuevas inserciones a lo largo del tiempo, cada una de ellas el reflejo de una etapa adicional de un pensamiento que evoluciona, sugiere que puede haber habido múltiples copias de la carta en diferentes comunidades, cada una de las cuales evolucionó siguiendo líneas teológicas algo diferentes y terminaron conteniendo diferente material. Después, dos o más de esas versiones fueron simplemente integradas en una nueva copia, creando una contradicción entre algunos versículos y otros).
Price ofrece otra comparación, esta vez con la figura islámica de Ali, primo e hijo adoptivo de Mahoma y quien dio origen a la separada secta shiita. Ali pasa por una abrupta elevación inclusive antes de su muerte, lo que incluía verlo como la encarnación de Alá sobre la tierra. Algunas sectas finalmente lo mitologizaron de maneras extravagantes. No estoy seguro de que este último grado de elevación se diera tan rápidamente como en la supuesta elevación de Jesús de Nazareth (como en el himno de Filipenses 2:6-11) y tal elevación de Ali fue desde el inicio motivada por circunstancias y rivalidades políticas, para lo cual no hay ningún paralelo en el caso del cristianismo para el período prepaulino de la ‘elevación’ de Jesús. Sin embargo, la similitud está con seguridad ahí, para mostrar una vez más qué factores (culturales e históricos) puede decirse yacen detrás del Jesús del Evangelio y sus características.
Finalmente, Price pregunta si podemos estar seguros inclusive del hecho fundamental de que Jesús estuviera vinculado con la Palestina del primer siglo, y especialmente con el gobernador Poncio Pilatos. Piensa que esto es “más aparente que real” [p. 241]. La atmósfera que rodea la entrada de Jesús en Jerusalén, los detalles de su arresto y ejecución, son sospechosamente similares a los acontecimientos de la posterior Guerra Judía y la caída de Jerusalén el año 70. Josefo registra las aflicciones pronunciadas sobre la ciudad por Jesús ben-Ananías que llevaron a esa guerra, y la ‘limpieza del Templo’ por el revolucionario Simón ben-Giora, quien expulsó a los bandidos zelotas del lugar santo justo antes de la caída de la ciudad. El comportamiento alejado de lo característico de Pilatos durante el juicio de Jesús también suena como una distorsionada alteración de un episodio que involucró a Pilatos en Samaria, tal como lo narra Josefo, con todos sus elementos barajados para crear la escena del juicio en los evangelios.
Otros episodios narrados por Josefo concernientes a mesías revolucionarios (“mesías Josué”, esto es, personajes con características del Josué bíblico) en el curso del problemático primer siglo tienen sorprendentes parecidos con el Jesús mesiánico de los evangelios. Las narraciones de Josefo sobre hombres como Theudas y el egipcio sin nombre establecieron el concepto actual de un Mesías Josué, que es, traducido directamente, “Jesús Cristo”. ¿Es el personaje del Evangelio de ese nombre —pregunta Price— una descripción ficcional de un personaje anticipado “disponible”? ¿Es la advertencia que en Marcos 13 hace Jesús contra los falsos mesías un reflejo de la proliferación de tal concepto / expectativa? ¿Cómo sabrá la gente cuando venga el verdadero? (¿cómo sabremos cómo extraer a un Jesús Cristo verdadero de todo este mito y expectativa?).
¿Vivió Jesús en un pasado distante y oscuro?
Price revisa el concepto de G. A. Wells de que Jesús fue un héroe legendario de un pasado más distante y oscuro. Si un Jesús histórico no puede ser seguramente vinculado con Pilatos, ¿están los evangelios arbitrariamente adelantando tal Jesús wellsiano hasta el tiempo de Pilatos en una atractiva reconstrucción de los orígenes cristianos? También se sugiere que 1 Cor 2:8, Col 2:15 y otros pasajes que parecen mostrar la muerte de Jesús a manos de espíritus demonios de los cielos, son ofrecidos por los primeros escritores como una alternativa a ubicar esa muerte en un tiempo histórico desconocido. No obstante, yo sugeriría que los personajes legendarios usualmente desarrollan leyendas sobre la tierra, y podría expandir eso para refutar la idea wellsiana, señalando que las epístolas no reflejan ningunas circunstancias terrenales, legendarias, oscuras o de cualquier tipo para Jesús, lo que considero como un silencio significativo (inclusive Hércules, un héroe que no puede ser ubicado en un tiempo histórico por sus leyendas, tuvo esas leyendas ubicadas en la tierra). La ubicación talmúdica de Jesús en un pasado más distante y oscuro (alrededor de 100 AC) es solo una de varias tradiciones judías posteriores acerca de cuándo vivió Jesús).
Cuando miramos el contraste entre el tratamiento de Jesús por los gnósticos y los ortodoxos, encontramos entre los gnósticos el énfasis en un Cristo docético y una permanente reivindicación de enseñanzas sobre la “revelación” por parte de Jesús. Estas se encuentran en una serie de evangelios en diálogo en el siglo II, a los que la iglesia ortodoxa respondió enfatizando los límites históricos de la vida de Cristo y por tanto, una limitación fija sobre las enseñanzas aceptables ‘genuinas’. No obstante, esto sugiere que el Cristo gnóstico fue anteriormente un personaje de revelación, no uno terrenalmente legendario. Price señala que cuando los gnósticos finalmente “asimilaron la trama básica de Marcos” (como en esos evangelios dialogados de un Jesús que enseñaba luego de su resurrección), tendieron a retener en él la naturaleza docética.
La creación de un protagonista
Al diseccionar los evangelios mismos, Price primero llama la atención [p. 251] sobre el principio básico de la crítica formal de que el ministerio del Evangelio no refleja una secuencia real de acontecimientos, sino que el evangelista vincula separadas “perlas en una cuerda”, siendo la trama argumental y las circunstancias una creación literaria. Pero, ¿ha ido Marcos más allá de la creación de un “marco esquemático” para historias independientes que estuvieron genuinamente vinculadas con Jesús? Price cita al crítico literario ruso Boris Tomashevsky: “el protagonista... es el resultado de la formación del material de la narración en una trama. Por un lado, él es un medio para unir los motivos; y por otro, él representa la motivación que conecta los motivos”. Price continúa:
“¡Tomashevsky podría casi haber tenido a Marcos en mente! ¿Fue Jesús un itinerante? No hay razón para pensar así. Es la impresión creada por la elección de colocar las anécdotas juntas en forma narrativa. Bruno Bauer una vez sostuvo que Marcos mismo había creado al personaje de Jesús. Yo digo que bien puede que Marcos tomara preexistentes tradiciones de milagros y dichos sabios, algunos o todos ellos ya atribuidos al salvador cristiano, Jesús, y a partir de ellos creó la idea de un “Jesús histórico”.
A esto yo añadiría la calificación de que el “salvador cristiano”, al interior del registro epistolar más antiguo, no tenía ninguna tradición de milagros o de dichos vinculada con él, sino que parece haber actuado enteramente en el cielo. Y como para apoyar la idea de la creación total de un Jesús histórico, Price procede para poner en paralelo un conjunto comprensivo de materiales con proverbios anteriores a Marcos encontrados en los evangelios junto con verdades y clichés de la época, tal como se los encuentra en los escritos rabínicos y el material narrativo con las historias de héroes o personajes del Viejo Testamento y leyendas indoeuropeas y semíticas relacionadas.
Postdeconstrucción
Price ofrece un resumen espléndido de adónde ha conducido esta vasta deconstrucción del Jesús Cristiano, y voy a citar los dos párrafos finales de este último capítulo, “¿El Jesús historizado?”
“Tradicionalmente, los teorizadores de Cristo-Mito han sostenido que uno encuentra una concepción puramente mítica de Jesús en las epístolas y que la vida de Jesús el maestro histórico y sanador tal como la leemos en los evangelios es una historización posterior. Esto puede ser así, pero es importante reconocer lo obvio: la historia de Jesús del evangelio es en sí misma evidentemente mítica desde el inicio hasta el final. En los evangelios, el grado de historización es realmente mínimo y consiste principalmente en la adición de la capa derivada de los mesías y profetas contemporáneos, como se ha delineado antes. Uno no necesita reparar en las epístolas para encontrar un Jesús mítico. La historia del evangelio misma ya es pura leyenda. ¿Qué podemos decir de un personaje supuestamente histórico cuya historia de vida se conforma virtualmente en cada detalle al Héroe Mítico Arquetípico, sin ninguna información mundana “secular” adicional? Como Dundes cuidadosamente señala, esto no prueba que no existiera un Jesús histórico, pues no es improbable que un individuo genuino, histórico, pudiera ser tan alabado, inclusive tan deificado, que su vida y carrera fueran completamente asimiladas a las del Héroe Mítico Arquetípico. Pero si eso sucedió, ya no podríamos estar seguros de que hubiera habido alguna vez una persona real en la raíz de todo eso. El cristal de color se habría hecho demasiado grueso como para ver a través de él.
Alejandro el Grande, César Augusto, Ciro, el Rey Arturo y otros casi han sufrido este destino. Lo que impide a los historiadores desecharlos como meros mitos, como Paul Bunyan, es que hay algún residuo. Sabemos al menos un poco de información mundana acerca de ellos, quizá bastante más, que no forma parte de ningún ciclo legendario. Alternativamente, ellos están tan intrincadamente tejidos en la historia de su época que es imposible tener un sentido de esa historia sin ellos. Sin embargo, ¿es este el caso con Jesús? Temo que no. Los aparentes vínculos con personajes romanos y herodianos es demasiado suelto, demasiado dudoso por razones que he intentado explicar. Así, me parece que Jesús debe ser categorizado con otras figuras fundadoras que incluyen al Buda, Krishna y Lao-tzu. Puede haber habido un personaje real en esos casos, pero simplemente no hay ninguna manera de estar seguro”
Mi propia observación sobre el proceso de deconstrucción (revelado no solo por Robert Price en Deconstructing Jesus, sino por otros libros en ese campo, incluidos el mío, The Jesus Puzzle; The Christ Conspiracy, por Acharya S; el de Alvar Ellegard, Jesus: One Hundred Years Before Christ; y The Jesus Mysteries, de Timothy Freke y Peter Gandy) se relaciona con la sorprendente pluralidad de paralelos con Jesús en la mitología del mundo antiguo y en el inconsciente primitivo, la especulación astrológica, las innovaciones éticas y reformadoras de la época, los precedentes judíos escriturales, los cultos de salvación paganos, la adoración del héroe legendario, la literatura y filosofía populares, todo lo cual alimentó al fundador construido del cristianismo. Este Jesús era una esponja hinchada que parece haber chupado todo precedente mítico, toda expresión contemporánea e instinto primario que se encontraba en el horizonte de la cultura occidental precristiana.
Sin ponerme místico, algo fundamental debe haber estado pasando allí, en esa monumental pieza histórica de sincretismo intensamente enfocado. Hay tantas piezas en el Jesús deconstruido que no es solo patentemente imposible encontrar o escoger una manera de volverlas a armar juntas y llegar a un probable o inclusive posible hombre histórico yaciendo en el trasfondo, sino que casi se siente como si fuera contra el sentido común (¡quizá sería hasta blasfemo!) hacerlo. Parece insultante para la Deidad de la Evolución, podríamos decir, quien inexplicablemente puso en marcha este gran proceso de amalgamación del mundo antiguo.
Y con todo, como en el caso del trabajo de cualquiera otra Deidad (para nuestro infortunio) el resultado final ha sido menos que ideal. La gran síntesis sincrética, la creación de una nueva religión alrededor de Jesús que parece representar a todas las anteriores manifestaciones del mundo antiguo, no nos ha dado un producto del que la subsiguiente historia pueda estar enteramente orgullosa: un producto filosóficamente abierto, políticamente tolerante, científicamente innovador o socialmente ilustrado. En realidad, debido a que el sincretismo fue tan intenso, tan ajustado a un movimiento de fe e institución, a un héroe y salvador exclusivo, las desventajas y abusos procedentes de tales poder y exclusividad fueron virtualmente inevitables.
Pero esa es la naturaleza del dios de los procesos naturales. No hace juicios ni dispensa consejo. No hay un manual de instrucciones. El encendido se hecha a andar y se nos deja con nuestros propios recursos. El Jesús cristiano ha sido nuestra creación, retrabajada con regularidad a lo largo de dos milenios. Ahora la máquina, reconstruida demasiadas veces por una jornada demasiado larga, se está descomponiendo y ya no puede servir las necesidades del viajero cuyo propio desarrollo personal ha superado al de su vehículo. Somos viajeros del siglo XXI en una carreta del siglo I y mientras periódicamente hemos vestido al cochero con nuevas ropas, la vieja tecnología aún está en evidencia y ya no está a la altura del viaje.
Y en cuanto al hombre real que podría yacer enterrado en la raíz de todo esto, o incluso de una parte de todo, él, también, como la Deidad que lo encontró tan útil, bien podría ser insultado si fuera arrastrado hacia el cuadro. Él, segura y justamente, no estaría dispuesto a cargar tal grado de responsabilidad (o indignidad). Si él existió, es muy posible que inclusive evitaría lo más posible retorcerse en su tumba, para minimizar la probabilidad de llamar la atención sobre sí mismo. |