1.
¿Cómo describir a Kafka, el hombre? Así, quizá:
Es como si hubiera pasado su vida entera preguntándose cómo lucía, sin jamás descubrir que hay cosas tales como los espejos.
Un hombre desnudo en medio de una multitud que está vestida.
Un hombre que vivía en pecado, con el alma de Abraham.
Franz era un santo. [1]
También, esta vez usando detalles de su vida, como se encuentra en el refrescantemente factual libro de Louis Begley, The Tremendous World I Have Inside My Head: Franz Kafka: A Biographical Essay [El tremendo libro que tengo en la cabeza: Franz Kafka: Un ensayo biográfico]: más de metro ochenta, bien parecido, elegantemente vestido; un estudiante nada excepcional, poderoso nadador, entusiasta de los aeróbicos, vegetariano; frecuente visitante de salas de cine, cabarets, cafés de amanecida, veladas literarias y burdeles: autor publicado de siete libros durante su corta vida; comprometido tres veces (dos de ellas con la misma mujer); apreciado por sus empleadores, ascendido en su trabajo.
Este último Kafka, sin embargo, es difícil de retener en la mente como el Thomas Pynchon que hace sus propias compras de víveres y asiste a los juegos de béisbol, el Salinger que envejeció y crió una familia en Cornish, New Hampshire. Los lectores son fabuladores incurables. El caso de Kafka, sin embargo, se extiende más allá de la mística literaria. Él es más que un hombre del misterio: es metafísico. Los lectores que están especialmente ligados a este supra Kafka encuentran difícil de tragar la presentación de un Kafka cotidiano, y viceversa. Una vez hablé en una sociedad literaria judía sobre el tema del tiempo en Kafka, una exploración de la idea (como dice el crítico Michael Hofmann) de que “en Kafka casi siempre es demasiado tarde”. Después, una vivaz mujer en sus noventa, con un fuerte dejo del Viejo Mundo, cruzó aprisa la sala y me jaló por la manga: “¡Pero usted está muy equivocado! Yo conocí al Sr. Kafka en Praga y él nunca llegaba tarde”.
Los años recientes han visto algo de revisionismo sobre Kafka, aunque lo que está por discutirse no es la calidad del trabajo[2] sino más bien su naturaleza precisa. ¿Qué clase de escritor es Kafka? Sobre todo, se trata de una revisión del aura biográfica de Kafka. A partir de un ingenioso ensayo de este tipo, por el joven novelista y crítico Adam Thirlwell:
Ahora es necesario establecer algunas verdades acerca de Franz Kafka y lo kafkaiano... La obra de Kafka se halla más allá de la literatura: no es parte completa de la historia de la ficción europea. Él no tiene predecesores (su trabajo aparece como de la nada) y no tiene verdaderos sucesores... Estas ficciones expresan la alienación del hombre moderno; ellas son una profecía de a) el estado policiaco totalitario y b) el Holocausto nazi. Su trabajo expresa un misticismo judío, un misticismo sin denominaciones religiosas, una angustia del hombre sin Dios. Su trabajo es muy serio. Nunca sonríe en las fotografías... Cuando se lee su ficción es crucial saber los hechos de la vida emocional de Kafka. Es un genio, fuera de los límites comunes de la literatura, y un santo, fuera de los límites comunes del comportamiento humano. Todas estas verdades, todas ellas, están equivocadas.[3]
Thirlwell culpa a la banalidad de lo kafkaiano a Max Brod, amigo de Kafka, su primer biógrafo y su albacea literario, quien en tal capacidad contradijo el testamento de Kafka (Kafka quería que quemaran su obra), un hecho que continúa manchando con mala fe a Brod, aunque débilmente. Por su parte, Brod siempre mantuvo que Kafka sabía que no habría hoguera: si su amigo hubiera hablado en serio, habría escogido a otro como albacea. Mucho más difícil de defender es la subsiguiente decisión de Brod de publicar la correspondencia,[4] los diarios y la agudamente personal Carta a mi padre (aunque la moralidad literaria póstuma es algo resbaloso: si lo que se encuentra en un cajón es muy malo, la vergüenza vive más que el lector y el editor; cuando es tan bueno como Carta a mi padre, el mundo cierra un ojo).
Si son pocos los lectores de Kafka que pueden estar verdaderamente apenados por la existencia de las obras que Kafka había consignado al olvido, muchos lamentan la manera en que Brod decidió presentarlas. El problema no son solamente las interpretaciones sin reservas de Brod sino sus intervenciones en los textos mismos, pues cuando se trató de editar las novelas, la simpatía de Brod por lo teológico parecería haber guiado su mano. El sistema de Kafka para ordenar los capítulos a menudo no era claro y ocasionalmente era inexistente; fue Brod quien organizó El proceso en la forma con la que estamos familiarizados. Si se siente como una jornada hacia un Dios ausente (así dice el argumento) es porque Brod colocó el agujero en forma de Dios al final. El capítulo penúltimo que contiene la parábola de una seudo hagadá, “Ante la Ley”, podría haber ido en cualquier otro lugar, y colocándola en cualquier otro lugar distorsiona la trayectoria de ascensión; ya no es más un viaje hacia la incomprensibilidad suprema sino un viaje sin destino, en el que un misterio es arrojado y luego sucedido una vez más por lo cotidiano.
Por supuesto, también hay la posibilidad de que Kafka hubiera ubicado ese capítulo cerca al final, exactamente como Brod lo hizo, pero los amantes de Kafka no están inclinados a reconocerle como crédito a Brod la variedad de sentido común que este aplicaba. Lo central de Kafka es que no es común ni corriente. Sentimos que todo lo que Brod explica, Kafka lo habría dejado inexplicado; cualquier interpretación convencional contrabandeada por Brod es repelida por las obras mismas. También pensamos de esa manera con respecto a Shakespeare: un escritor manchado por nuestros intentos de definirlo. En este sentido, la idea de un genio literario es un don que nos regalamos a nosotros mismos, un espacio tan amplio que podemos jugar en su interior para siempre. Nuevamente Thirlwell:
Es importante, cuando leemos a Kafka, que no lo leamos demasiado brodianamente.
Tómese este pasaje de la biografía escrita en 1947 por Brod: “Es un nuevo tipo de sonrisa el que distingue el trabajo de Kafka, una sonrisa cercana a las últimas cosas, una sonrisa metafísica por así decir; en efecto, cuando solía leer sus cuentos en voz alta para nosotros sus amigos, se elevaba por encima una sonrisa y nos reíamos fuerte. Pero pronto estábamos callados de nuevo. No era una risa propia de seres humanos. Solo los ángeles pueden reírse de ese modo...”. ¡Ángeles! A menudo se subestima cuánto talento se requiere para ser un gran lector. Y Brod no era un gran lector, menos aún un gran escritor.
Verdad. Quizá podamos decir más bien que Brod fue un gran identificador de talentos.[5] Brod tenía pocas ilusiones acerca de sus propias capacidades literarias. Su amistad con Kafka fue monstruosamente unilateral desde el inicio, una cosa labrada por el asombro puro. Ellos se conocieron después de una conferencia sobre Schopenhauer y Nietzshce, dada por Brod, después de la cual Kafka se acercó al conferencista y lo acompañó a casa. “Algo parece haberlo atraído hacia mí”, escribe Brod. “Era más abierto de lo usual, y comenzó la interminable caminata a casa mostrándose en completo desacuerdo con mis formulaciones demasiado gruesas”. La pose familiar del peregrino, a dos pasos detrás del profeta, recogiendo la sabiduría a medida que esta cae.[6] Estos días nos cansan las gruesas formulaciones de Brod: por demasiado tiempo han dado el tono. Es tentador pensar, de haber sido esos primeros lectores, que hubiéramos reconocido desde el inicio (sin pistas tan claras) la grandeza literaria de un ex simio hablando a la academia o de la pequeña Josephine silbando para su gente ratona. Me pregunto.
Hay una segunda versión de Brod sobre Kafka leyendo en voz alta:
Nosotros sus amigos nos reímos bastante inmoderadamente cuando por primera vez nos dejó oír el primer capítulo de El proceso. Y él mismo se rió tanto que hubo momentos en los que no podía leer más. Bastante sorprendente cuando se piensa en la temible intensidad de este capítulo.
Aquí el crimen del primer biógrafo de Kafka es bastante benigno: una ligera sobredosis de respeto literario. Brod no podía creer que Kafka estuviera mostrándose divertido cuando estaba divirtiéndose, puesto que ¿cómo podría Kafka, en su temible intensidad, ser divertido? No obstante, es extraño: el revisionismo de Kafka está también, después de una moda, enamorado de la pureza kafkaiana. No podemos reconocer el mérito de la idea brodiana de que Kafka escribe sobre “la alienación del hombre moderno”: demasiado obvio. ¿Y cómo podía Kafka ser obvio? ¿Cómo podía Kafka ser cualquier cosa que nosotros somos? Inclusive nuestras desmitificaciones de Kafka están llenas de misterio.
2.
Sin embargo, si no vamos a leer a Kafka tan brodianamente, ¿cómo habremos de leerlo? Podríamos hacer peores cosas que leerlo begleyianamente. Gentilmente escéptico de la leyenda biográfica, Begley cree aún en la “sonrisa metafísica” de la obra, en la posibilidad de que exprese nuestra alienación moderna: aquí el profeta Kafka y el Kafka cotidiano no entran en conflicto. Begley trata primero y de lo más exitosamente, lo cotidiano. El Kafka que, como otros diaristas, se complacía en una interminable dramaturgia de sí mismo; el compulsivo escritor de cartas que una vez le preguntó a uno de sus corresponsales “¿No te da placer exagerar las cosas dolorosas tanto como te sea posible?” Para Kafka, la perspectiva de un viaje de Berlín a Praga es “una tontería cuyo paralelo solo se puede encontrar volviendo a hojear las páginas de la historia, por decir, la marcha de Napoleón a Roma”. Una breve visita a su prometida “no podría haber sido peor. Lo siguiente sería el empalamiento”.
Los diarios son iguales, solo que aún más: poca gente, inclusive en esa forma solipsista, pueden haber escrito “Yo” tan frecuentemente como él. La gente y los acontecimientos aparecen rara vez; el inicio de la Primera Guerra Mundial es un asunto para ser sopesado igualmente que el hecho de que él fuera a nadar ese día. El Kafka que escribió la ficción fue un hombre de muchas historias; el Kafka privado cantaba la canción de sí mismo:
Habité cada idea, pero también llené cada idea... No solo me sentí en mi límite sino en el límite de lo humano en general.
Soy el final o el inicio.
La vida es solamente terrible; la siento como pocos la sienten. A menudo (y en mi ser más interior tal vez todo el tiempo) dudo de que sea un ser humano.
Uno podría citar páginas de similares sentimientos: los investigadores de Kafka usualmente lo hacen. Felizmente, Begley tiene un sentido cómico más desarrollado que la mayoría de los estudiosos de Kafka, y tiende a encontrarlo de bastantes otros modos; a veces quejoso, ocasionalmente palabrero, a menudo cautamente insincero y, de vez en cuando, francamente mendaz. El resultado es algo que no esperamos. Es un poco extraño:
Resulta que nosotros realmente seguimos escribiendo la misma cosa. A veces pregunto si estás enferma, y entonces escribes acerca de ello, a veces quiero morirme, y tú también, a veces quiero algunas estampas y entonces tú quieres estampas...
Esto, escribe Begley, es:
La caracterización de Kafka (en un momento de tristeza) de las cartas que él y Milena intercambiaban, [y] no está demasiado lejos del tono de muchas de ellas, y se aplica con inclusive mayor fuerza a muchas de las cartas a Felice.
Ciertamente las cartas de amor son repetitivas; hay algo mecánico en ellas, algo no profundamente sentido, al menos no hacia sus destinatarios; el sentimiento es el de un hombre escribiéndose a sí mismo. Imposible creer que Kafka estuviera enamorado de la pobre Felice Bauer, ella es la “huesuda cara vacía que lleva abiertamente su vacío... Nariz casi rota. Rubia, algo lacia, pelo no atractivo, mandíbula fuerte”; Felice con sus costumbres burguesas, su propuesta de sentarse a su lado mientras él escribe (“en ese caso —respondió él— no podría escribir en absoluto”), su pobre gusto por los “muebles pesados” (un gabinete de su elección pone a Kafka a pensar en “una perfecta lápida o un homenaje a un funcionario de Praga”). Para Kafka ella es un símbolo: La piedra sobre la que él afila su sentido de sí mismo. La ocasión de su compromiso es el motivo para explicarle a ella (y a su padre) por qué él no debería casarse nunca. La perspectiva de vivir con ella le inspira páginas de encomios a la soledad. Begley, él mismo un escritor de ficción, tiene ojo para notar la manera en la que los narradores preservan obsesivamente su espacio personal, inclusive mientras parecen cederlo. Podría decirse que tiene el número de Kafka:
Todo está en una cáscara de nuez: la encantadora ofensiva que Kafka comenzó con la conquista de Felice como su meta; la fuga reflexiva de esa meta tan pronto como estuvo al alcance; la insistencia de tratar con ella y sobre el futuro de ambos solo en los términos de él; y la autodenigración como una potente defensa contra una intimidad que requiera más que las palabras.
¡Pobre Felice! Nunca tuvo una oportunidad. En su carta de presentación Kafka afirma:
Soy un errático escritor de cartas... Por otro lado, nunca espero que se me responda una... Nunca me decepciono cuando la respuesta no llega.
En realidad, Begley lo contradice:
Lo opuesto era verdad: Kafka escribía cartas compulsiva y copiosamente, y se volvía un déspota histérico si no se le respondía inmediatamente, entonces bombardeaba a Felice con cables y recriminaciones.
Kafka frenéticamente persiguió a Felice y luego trató de escapar de ella, escribe Begley, “con el propósito y pasión obcecados de una zorra mordiéndose la pierna para liberarse de una trampa”, una línea que tiene más de un poco del espíritu de Kafka en ella. “Las mujeres son trampas— dijo una vez Kafka— que yacen esperando a los hombres por todo lado con el fin de arrastrarlos hacia lo meramente finito”.[7] Es una perfectamente común expresión de misoginia, desilusionante en una mente que más a menudo tomaba el camino menos transitado. A propósito: Habiéndosele sugerido por parte de un joven amigo que Picasso era un “distorsionador a propósito” que pintaba “mujeres de color de rosa con pies gigantes”, Kafka replicó:
No pienso así... Él solo registra las deformidades que aún no han penetrado en nuestra conciencia. El arte es un espejo que va “adelantado”, como un reloj, a veces.[8]
Así era la mente de Kafka, iba asombrosamente rápido; con todo, cuando se trataba de mujeres, no iba más rápido de lo que permitían los tiempos. Quienes encuentran personalmente ofensivos los defectos personales de los escritores, se alejarán de Kafka en esto como los lectores se alejan de Philip Larkin por razones similares (el parecido familiar entre los dos escritores fue notado por el mismo Larkin).[9] En esta materia, Kafka tiene un biógrafo menos enjuiciador del que encontró Larkin en Andrew Motion; Begley, aunque perfectamente claro acerca de los “problemas de Kafka con las muchachas”, no agoniza mucho sobre ello. Los nerds literarios pueden disfrutar el hecho curioso de que para esos dos miserabilistas (vecinos cercanos en cualquier estante decente), los calefactores modernos parecen haber servido como sinécdoque para lo que uno podría llamar lo Femenino Mundano:
Él se casó para evitar que la mujer se fuera y
Ahora ella está ahí todo el día,
Y el dinero que él consigue por matarse en el trabajo
Lo toma ella como un extra
Para pagar las cosas de los niños y la secadora
Y la chimenea eléctrica... [10]
No renuncio ni a una partícula de mi exigencia de una vida fantástica arreglada solamente en interés a mi trabajo; ella, indiferente a cada mudo pedido, quiere el promedio: un hogar cómodo, un interés de mi parte en la fábrica, buena comida, cama a las once, calefacción... [11]
Con todo, como fue con Larkin, las ideas de Kafka acerca de las mujeres y sus experiencias con ellas resultan ser cosas diferentes. Las mujeres fueron sus corresponsales y su inspiración preferidas (en 1912, la correspondencia con Felice[12] compite con la escritura de Amerika; en 1913, le gana), sus asociadas y sparrings intelectuales más estimulantes (Milena Jesenská, con quien Kafka discutía “la cuestión judía”), sus amigas más cercanas (su hermana favorita, Ottla) y, finalmente, el medio para su escape (Dora Diamant, con quien, en el año final de su vida, se mudó a Berlín). No, las mujeres no arrastraron a Kafka hacia lo finito. Como lo diría Begley: lo opuesto fue verdad. Kafka le dijo a su diario que la única manera en la que podía vivir era como un soltero sexualmente ascético. En realidad, él no era ajeno a los burdeles.
Begley es particularmente astuto en cuanto a la extraña organización del día del Kafka escritor. En la Assicuriazioni Generali, Kafka se deprimía por los turnos de doce horas que no le dejaban tiempo para la escritura; dos años después, ascendido al puesto de jefe de oficina en el Instituto de los Trabajadores para el Seguro de Accidentes, estaba en el sistema de un solo turno, de 8:30 AM a 2:30 PM. ¿Y después qué? Almuerzo hasta las 3:30, luego dormir hasta las 7:30, luego ejercicios, luego una cena familiar. Después de lo cual comenzaba a trabajar alrededor de las 11 PM (como señala Begley, la escritura de cartas y diario tomaba por lo menos una hora al día y más usualmente, dos), y luego, “dependiendo de mi fuerza, inclinación y suerte, hasta la una, dos o las tres en punto, inclusive una vez hasta las seis de la mañana”. Luego “todos los esfuerzos imaginables para poder dormir” a medida que descansaba irregularmente antes de salir de casa para ir a la oficina una vez más. Esta rutina lo dejaba permanentemente al borde del colapso. No obstante
cuando Felice le escribió... sosteniendo que una organización más racional de su día podía ser posible, él reaccionaba... “La manera actual es la única posible; si no la puedo aguantar, peor para mí; pero la soportaré de algún modo”.
Fue la opinión de Brod que los padres de Kafka deberían regalarse una abultada suma “de modo que él pudiera dejar la oficina, irse a algún pequeño y barato lugar en la Riviera a crear esas obras que Dios, usando el cerebro de Franz, desea que el mundo tenga”. Begley, dejando a Dios a un lado, se muestra cortésmente en desacuerdo, encontrando que el deseo de Brod
[estaba] probablemente equivocado. El fracaso de Kafka en hacer inclusive un intento de escapar de las prisiones gemelas del Instituto y de su cuarto en el apartamento familiar puede haber sido nada menos que la elección de la manera de vida que paradójicamente le convenía más.
Es raro que los escritores de ficción se sienten al escritorio escribiendo realmente por más de unas pocas horas al día. Si Kafka hubiera sido capaz de usar eficientemente su tiempo, el horario de trabajo del Instituto le habría dejado suficiente tiempo libre para escribir. Como él reconocía, la verdad era que él desperdiciaba el tiempo.
¡La verdad era que él desperdiciaba el tiempo! El equivalente de la revelación de quien sale en una cita: Simplemente, él no está tan interesado en ti. “Tener al Instituto y a las condiciones del apartamento de sus padres para culparlos por los largos períodos de improductividad cuando él no podía escribir, le daba una excusa a Kafka: le permitía preservar algo de su autoestima”.
Y aquí Begley introduce inclusive a otro Kafka en el que rara vez pensamos, un escritor en competencia con otros escritores en la pequeña escena literaria de Praga, midiéndose con los logros de sus pares, pues en 1908, Kafka había publicado solo ocho textos en prosa en Hyperion, mientras Brod había estado publicando desde los veinte años de edad; su cercano amigo Oskar Baum fue el exitoso autor de un libro de cuentos y una novela; y Franz Werfel, siete años menor que Kafka, tenía una colección de poemas aclamada por la crítica. En 1911, Kafka escribe en su diario: “Odio a Werfel, no porque lo envidie, aunque también lo envidio. Es saludable, joven y rico, todo lo que yo no soy”. Y luego, el mismo año:
Envidia del evidente éxito de Baum, quien me gusta tanto. Con eso, el sentimiento de tener en medio del cuerpo una bola de lana que rápidamente se envuelve, jalando hacia ella y desde la superficie de mi cuerpo, sus innumerables hilos.
Por supuesto, esa pelota de lana, ¡una línea dejada en un diario!, nos recuerda cuán pocas razones tenía para envidiar a nadie.
3.
La imposibilidad de no escribir, la imposibilidad de escribir alemán, la imposibilidad de escribir diferentemente. Se podría añadir una cuarta imposibilidad, la imposibilidad de escribir... Así, cuanto ha resultado fue una literatura imposible en todos los aspectos, una literatura gitana que se había robado al niño alemán de la cuna y con gran apuro lo hizo pasar por algún tipo de entrenamiento, pues alguien tenía que danzar sobre la cuerda (pero no era un niño alemán, no era nada; la gente meramente dijo que alguien estaba danzando).
Una perfecta porción de Kafka. El 3 de mayo de 1913, el diario de Kafka concibe un cuchillo de carnicero “rápidamente y con regularidad mecánica cortándome por un costado”, rebanando finamente al estilo del jamón de Parma, pezzi di Kafka... La cita de arriba es así: tiene la marca de la fibra kafkaiana recorriéndola. Traza un típico recorrido Kafka, de lo concreto a lo metafórico, a lo alegórico, a lo nocional, que al final (como ocurre con Kafka) parece oscurecerse cuanto más precisamente se expresa. A partir de esta misma cita, Begley eficientemente desempaca el “terrible predicamento interior” de Kafka, nacido de su extraño momento histórico. Un judío de clase media de Praga (“el más judío-occidental de todos”), tanto enamorado como horrorizado de la vida en el shtetl [aldea judía, n. del t.] de Europa oriental que nunca conoció; un judío en una época de violento antisemitismo (“he pasado todas las tardes afuera, en las calles, conmiserándome en el odio antisemita”) que permanecía ambivalente hacia el proyecto sionista; un germanoparlante rodeado de nacionalistas checos. La imposible “literatura gitana”: un aspecto de un imposible ser gitano, un judaísmo asimilado que fatalmente no era ni una cosa ni la otra.
En el mundo de Kafka realmente había dos “cuestiones judías”. La primera era externa, una pregunta hecha por los gentiles, y es familiar: “¿Qué se debe hacer con los judíos?” Para ella la respuesta era o la persecución o la “tolerancia”,[13] esa vil palabra (al escribir al Brod desde una pensione italiana, Kafka describe ser a las justas tolerado en el almuerzo por un general austriaco que acaba de enterarse de que es judío: “De la cortesía él llevó nuestra pequeña conversación a una suerte de final antes de que se lanzara afuera con largos pasos... ¿Por qué debo ser una espina en la carne?”).
La segunda cuestión judía, la que Kafka se preguntaba, era existencial: “¿qué tengo en común con los judíos?” Begley no se corre de citar esta y otras citas “usadas por los investigadores para apoyar el argumento de que Kafka mismo era un judío antisemita, un judío que se odiaba a sí mismo”:
Admiro el sionismo y estoy nauseado por él.
A veces me gustaría encerrarlos a todos, simplemente como judíos (yo incluido) en, digamos, el cajón de la ropa sucia. Después esperaría, abriría un poco el cajón para ver si se han sofocado, y si no, cerraría el cajón de nuevo y seguiría haciendo esto hasta el fin.
¿No es natural dejar un lugar donde uno es tan odiado?... El heroísmo de permanecer es sin embargo solamente el heroísmo de las cucarachas que no pueden ser eliminadas, inclusive del baño.
A esta evidencia los freudianos añaden la prueba número uno: fantasías de autoeliminación (“Entre la garganta y la barbilla parecería ser el sitio más favorable para cortar”) que apuntan al linaje de Kafka (nieto del carnicero de Wossek) y a esos cuentos de asesinatos rituales judíos que son tan antiguos como el antisemitismo mismo.[14] Para Begley, sin embargo, la acusación de autoantisemitismo es “injusta y, al final, está fuera de foco”. Más bien él mira el conflictivo drama de la asimilación: “el temor era ver una grieta en la superficie... por la que pudiera entrar el miasma del shtetl o del gueto medieval”. En esta versión, el afecto y la repulsión son lados de una misma moneda:
Habría sido sorprendente si él, quien estaba tan repelido por la vulgaridad en la mesa y las palabras de su propio padre, no hubiera estado similarmente repelido por las rarezas del vestido, los hábitos, gestos y la manera de hablar de los muchos judíos de quienes él hizo un fetiche debido a su espíritu de comunidad, su cohesión y la genuina calidez emocional que él estaba convencido ellos poseían.
Es un extraño argumento que se esfuerza por redefinir la repulsión como “el efecto acumulativo sobre Kafka del ubicuo antisemitismo” de todo su alrededor, el que a su vez causaba cierto tipo de “fatiga profunda”, obligándolo a “trascender su experiencia judía y su identidad judía” de modo que pudiera escribir “acerca de la condición humana”, una conclusión que se extravía por completo, pues Kafka encontraba la hermandad del hombre tan incomprensible como la hermandad de los judíos. Para Kafka, la cosa imposible era la misma colectividad:
¿Qué tengo en común con los judíos? Difícilmente tengo algo en común conmigo mismo y debería permanecer muy calladamente de pie en una esquina, contento de que puedo respirar.
El horror de Kafka no es lo judío en sí mismo, porque no es solamente un horror de lo judío: es un horror a toda experiencia compartida, todo ser compartido, todo genus. En una época y un lugar donde los grupos nacionales, lingüísticos y raciales eran definidos con inclusive mayor absurda precisión, ¿cómo podría la misma idea de lo común no volverse igualmente absurda? En Memorias de un antisemita, el austrohúngaro Gregor von Rezzori presentaba la inquietante idea de que el filosemita y el antisemita tienen algo esencial en común (el narrador es ambas cosas): una creencia en una naturaleza judía colectiva, en lo semítico. Kafka, por el contrario, había dejado de creer. La decisión de pertenecer a un pueblo, de tomar parte de una naturaleza compartida, ya no estaba disponible para él. A menudo deseaba que las cosas no fueran así (de aquí su sentimental afecto por la vida del shtetl), pero así eran. Sobre este punto, Begley cita aprobatoriamente a Hannah Arendt, aunque no sigue su misma brillante conclusión:
... Estos hombres [judíos alemanes asimilados] no deseaban “retornar” ni a las filas del pueblo judío ni al judaísmo, y no podían desearlo así, no porque... estuvieran demasiado “asimilados” y demasiado alienados de su herencia judía, sino porque toda tradición y cultura así como toda “pertenencia”, se habían vuelto igualmente cuestionables para ellos”.[15]
Lo judío en sí se había convertido en la cuestión. Es una señal de cuán desconcertante es este concepto genuinamente kafkaiano como para provocar conflictos en el mismo Begley. “Mi pueblo”, escribió Kafka, “en el caso de que tenga uno”. ¿Qué significa esto, tener un pueblo? Sobre ningún otro concepto somos más sentimentales y menos capaces de expresar lo que queremos decir. Por ejemplo, ¿en qué reside la continuidad de la “negritud”, de lo árabe, lo irlandés?: ¿Sangre, cultura, historia, genes? El judaísmo, con su línea matrilineal ha sido históricamente afortunado de tener en sus raíces una hermosa respuesta, elegante en su simplicidad circular: Lo judío es el regalo de una madre judía. ¿Pero qué es una madre judía? Kafka encontraba que era una cosa muy inestable, una mala traducción podría deshacer a esa madre:
Ayer se me ocurrió que no siempre quise a mi madre como ella merecía y como yo podía, solo porque el idioma alemán me lo impedía. La madre judía no es “Mutter” [“madre”, en alemán] , llamarla “Mutter” la haría un poco cómica... “Mutter” es peculiarmente alemán para un judío, la palabra inconscientemente contiene, junto con el esplendor cristiano, también la frialdad cristiana, la mujer judía que es llamada “Mutter” deviene por tanto no solo cómica sino extraña... Creo que son solo las memorias del gueto lo que aún preserva a la familia judía, pues la palabra “Vater” [“padre”, en alemán] también está muy lejos de denotar al padre judío.
La judeidad de Kafka era cierto tipo de sueño cuyo momento auténtico estaba ubicado en el pasado nostálgico. Su estudio de la situación insectil de los jóvenes judíos en el interior de Bohemia difícilmente puede ser mejorado: “Con sus patas posteriores estaban aún pegados a la judeidad de su padre, y con sus agitadas patas delanteras no encontraban ningún terreno nuevo”.
Alienación de uno mismo, la asimilación conflictiva de los inmigrantes, perder un lugar sin ganar otro... Esto parece Kafka en las genuinas vestimentas de un profeta existencial, Kafka en su aspecto siglo XXI (si vamos a asumir, como con Shakespeare, que cada nuevo siglo traerá a un Kafka cercano a nuestras preocupaciones), pues hay un sentido en el que la cuestión judía de Kafka (“¿qué tengo en común con los judíos?”) se ha convertido en la cuestión de todos, al ser la alienación judía la plantilla para todas nuestras dudas.[16] ¿Qué es lo musulmán? ¿Qué es lo femenino? ¿Qué es lo polaco? ¿Qué es lo inglés? Estos días todos encontramos nuestras patas delanteras agitándose delante de nosotros. Todos somos insectos, todos Ungeziefer,[17] ahora. |