Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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La Atlántida como invención platónica: mito y documento político
 

Por James Davidson, originalmente publicado como “Plato Made It Up”, London Review of Books, 19 de Julio de 2008 (http://www.lrb.co.uk/v30/n12/davi02_.html). Traducido por Alberto Loza Nehmad.

Reseña del libro de Pierre Vidal-Naquet, A Short History of Plato’s Myth, Exeter, 192 pp.

 

De todas las decepciones de 1977, la serie de televisión de ITV El hombre de la Atlántida tiene que haber sido una de las peores. El título sugería un programa que tendría algo que ver con el reino perdido descrito en gran detalle por Platón en Timeo y Critias. En realidad se trataba del actor Patrick Duffy con dedos con membranas natatorias y lentes de contacto verde fosforescente, cuidadosamente pintado. Como único superviviente de la Atlántida, usaba sus poderes especiales, notablemente la habilidad de supervivir bajo alta presión atmosférica, para desarmar los planes malvados de un villano de apariencia malvada con una barba de apariencia malvada y un nombre alemán malvadamente sonoro: Schubert.

Incluso mi enorme apetito adolescente por los hombres fantásticos en ropa de baño se sació rápidamente; había mucha oceanología y casi nada de la Atlántida. Así que ahora, treinta años después, estoy sorprendido de descubrir que realmente hay una Ciudad Perdida de la Atlántida. Fue encontrada en 2000 por un equipo de científicos suizos y estadounidenses que investigaban el Macizo de la Atlántida a lo largo de la cadena del Atlántico medio. Cuando ella apareció en la pantalla de su cámara remotamente controlada (llamada Argo) había, de acuerdo a todos, cierto grado de entusiasmo. La Ciudad Perdida consistía en un campo de torres blancas: chimeneas hidrotermales pobladas por diminutas criaturas transparentes. ¿Significaba esto que Platón había estado en lo cierto? ¿Era este otro ejemplo más de un mito que se convierte en realidad o, al menos, un mito con un núcleo, un fondo, un germen, un grano de verdad?

No nos dejemos llevar por el entusiasmo. Los científicos no descubrieron ninguna traza de vivienda humana en la Ciudad Perdida, menos aún una subespecie de homo sapiens con parecido al actor Patrick Duffy, pero debe ser más que una coincidencia que en las profundidades del Atlántico descubrieran algo que les pareció una “ciudad perdida” en un lugar conocido como Atlántida. Quizá en algún momento entre los siglos IX y VII AC, algunos antiguos fenicios fueron llevados a la deriva cuando intentaban circunnavegar África y alguien cayó por la borda y fue chupado hacia las profundidades más remotas por una extraña corriente durante un extraño tsunami, y quizá viera brevemente las blancas chimeneas e imaginó que era una ciudad perdida al tener la imaginación algo desorientada por las burbujas intravenosas del zarandeo.

Quizá con su último respiro, este hipotético fenicio, buzo de profundidad a pesar suyo, describió cuanto había visto a sus compañeros y ellos pasaron la información a los egipcios, quienes la escribieron en jeroglíficos. Y quizá los egipcios la pasaron a Solón de Atenas (c. 600 AC), y quizá Solón la pasó a Critias el Viejo, quien se la pasó a su nieto Critias el Tirano, como el primo de Critias, Platón, insistía. Después de todo, ¿no han descubierto los científicos exactamente tales granos de verdad en las historias del Diluvio (la creación del Mar Negro) o del Éxodo (un crecimiento abrupto de algas rojas que podría haber sido, de haber ocurrido, mal interpretado como sangre, y que habría hecho que las ranas produjeran una plaga batracia y una explosión en la población de moscas; con la actividad volcánica llevando a una oportuna división del Mar Rojo o de una fuente de agua de nombre similar)?

Nadie, que yo sepa, hasta ahora ha sugerido que el área hidrotermal de la ciudad perdida del Macizo de la Atlántida sea la Ciudad Perdida de la Atlántida (usted lo leyó primero aquí). Pero, antes de que nos apresuremos a llegar a conclusiones debemos contender con algunos contendores populares. En 1909, el arqueólogo K.T. Frost escribió una carta al Times sosteniendo que la Atlántida de Platón era la civilización de Minos. Los minoicos sacrificaban toros justo como lo hacían los atenienses, y Creta tiene acantilados justo como la Atlántida. Además, justo como la Atlántida, el palacio minoico de Knosus fue construido en una colina con terraplenes nivelados aunque, por supuesto, Creta no está en el Atlántico y se sabe que Knosus nunca estuvo sumergida.

Más específicamente, en 1939, el arqueólogo griego Spiridon Marinatos sugirió que la destrucción de la Atlántida recordaba la cataclísmica erupción del volcán Santorini a mediados del segundo milenio antes de Cristo, que enterró Akroti, la “Pompeya de la Edad del Bronce” y sabe Dios qué más. No parece haber duda, en todo caso, de que ahí hubo una civilización, de que fue cataclísmicamente destruida y de que el agua de mar fue parte de su destrucción como dice Platón. Por otro lado, en 1985, Adalberto Giovannini sugirió que la Atlántida fue inspirada por la inmersión de las ciudades de Boura y Helike en la costa norte del Peloponeso, en 373/372 AC. Sin embargo, de nuevo, el periodista italiano Sergio Frau piensa que la Atlántida fue Cerdeña, más allá del estrecho, no de Gibraltar sino de Mesina.

Fuera del Mediterráneo, la Atlántida ha sido encontrada en Cádiz (“¿Debemos notar que Cádiz aún tiene su Plaza de Toros?”); en la sumergida tierra de Dogger Bank; en la perdida ciudad arturiana de Lyionesse, hogar original, supuestamente, de la familia Trevelyan[i]; en México, suposición que puede ser rastreada hasta Francisco López de Gómara en 1552 (¿puede ser una coincidencia que la palabra mexica para “agua” sea atl?); y en el fondo del lago Titicaca. En realidad, al norte, sur, este y oeste del estrecho de Gibraltar casi no se puede encontrar un pedazo de tierra que ahora esté sumergido y que no estuvo siempre necesariamente sumergido que no haya sido vinculado al resonante nombre de la Atlántida.

Para todos esos “investigadores... pretendientes a investigador... mitómanos y charlatanes” Pierre Vidal-Naquet tiene una respuesta, la misma respuesta durante medio siglo: Platón inventó la Atlántida. Esa fue su respuesta a una conferencia de Fernand Robert de 1956, cuando el conferencista tentativamente se refirió a la teoría de que la Atlántida fue inspirada por la perdida civilización minoica, y él no había cambiado de parecer hacia el tiempo de su muerte en 2006, poco después de corregir el manuscrito de The Atlantis Story [La historia de la Atlántida], traducción de L’Atlantide: petite histoire d’un mythe platonicien [La Atlántida: Pequeña historia de un mito platónico].

No obstante, si la Atlántida no es sino una ficción platónica, ¿por qué uno de los más incansables y responsables intelectuales públicos de Francia, un hombre que en los años cincuenta había estado complacido de recibir un cuantioso cheque de Sartre en apoyo a sus esfuerzos para denunciar y oponerse al uso de la tortura en la guerra de Argelia, que en 1971 se unió al Grupo de Información sobre las Prisiones de Foucault, que fieramente se opuso a los negadores del Holocausto como Robert Faurisson y a la ley Gayssot contra la negación del Holocausto así como a la ley aprobada en 2005 que exigía que los maestros franceses “tengan en cuenta y reconozcan en particular el rol positivo de la presencia francesa en el extranjero, especialmente en África del Norte”, gastaría tantos esfuerzos y por tanto tiempo en ese tema? ¿Puede ser cierto, como su ex pupilo François Hartog insiste en su entrañable pero astuto libro Vidal-Naquet, historien en personne: l’homme-mémoire et le moment-mémoire [Vidal-Naquet, historiador en persona: el hombre-memoria y el momento-memoria] que “con el mito de la Atlántida uno se acerca al corazón de lo que ‘ser un historiador’ significa para Vidal- Naquet”?[ii]

En realidad, no es tan sorprendente que se interese en la Atlántida un investigador cuyo Diplôme d’études supérieures fue escrito sobre “La concepción de la historia de Platón” (“Platón no era ningún historiador... él manifestaba una pronunciada hostilidad hacia la historia como la practicaban Herodoto y Tucídides”) y cuyo ensayo más famoso es un análisis inspirado en Lévi-Straus sobre las oposiciones binarias (oscuro, claro, salvaje, domado, cazador, hoplita, margen, centro) al interior de los mitos y las prácticas asociadas (por Vidal-Naquet) con la entrada en la edad adulta. Su primer gran estudio (desde mi punto de vista no superado) del mito, publicado en 1964, debidamente se enfocó en su estructura binaria: La Atlántida, el “ilimitado” poder imperial del mar en guerra con Atenas, una primordial ciudad perdida limitada por la tierra. Además, dado que Platón insistió en que la Atlántida no era una ficción sino un “hecho” obtenido de documentos egipcios, y que ciertamente cubrió su relato con lo que Vida-Naquet llama, citando a Barthes, “efectos realistas” (medidas precisas y descripciones detalladas de la topografía y los monumentos de la Atlántida), él propone preguntas interesantes acerca de los “efectos de verdad” del discurso histórico, y la relación entre las construcciones imaginativas abstractas y los hechos del terreno, pues lo que Vidal-Naquet encontró “sorprendente y especial” acerca de la historia fue que, además de ser un mito, era también un documento político contemporáneo en el que la Atlántida representaba a Persia así como a la Atenas moderna talasocrática. La guerra verdadera incrustada en la guerra mítica lo fue entre una Atenas imperial clásica y una imaginaria antiAtenas ideal, proyectada sobre el campo de la prehistoria.

Lo que es sorprendente es que, habiendo trabajado hace mucho en lo que se proponía Platón, Vidal-Naquet hubiera pasado tanto tiempo y gastado tantos esfuerzos registrando los hallazgos de los muchos mitómanos que han tratado de descubrir en la ficción de Platón un grado mayor o menor de factibilidad. No obstante, aunque La historia de la Atlántida está cuidadosamente investigada y es entretenida e irónicamente humorosa, a diferencia de su artículo de 1964 no es obviamente el trabajo de un intelectual, esto es, rico en inteligentes ideas y conocimientos. No es de ninguna manera el estudio sobre el lugar de la civilización sumergida en el imaginaire occidental, por ejemplo; el asunto del libro tiene que ver más con los científicos que con los novelistas, cineastas y las series de TV de los setenta: es una narración de la historia del emplazamiento de la Atlántida en el discurso de lo real. Por momentos su narración más bien se parece a la epidemiología de una enfermedad mental, con una trama poderosamente positiviste que conduce a un momento decisivo en 1841, cuando Thomas-Henri Martin, “un historiador verdaderamente profesional”, consignó la Atlántida a “un mundo diferente, a encontrarse no en dominio espacial sino en el del pensamiento”, y así “tañó el toque de difuntos para la atlantidomanía”; solo que, por supuesto, no fue así.

No es que Vidal-Naquet esté desinteresado en explorar por qué la “enfermedad” tuviera tal agarre. Puede tener que ver con la política y el imperialismo: una Atlántida española le brinda a España el derecho a gobernar territorios atlánticos. Con el nacionalismo: una Atlántida sueca le brinda a los escandinavos una gloriosa antigüedad sumergida. O con el antisemitismo: la Atlántida ofrecía una profunda antigüedad gentil para anteceder aquella de Adán y las tribus perdidas de Israel. Él no está, sin embargo, muy interesado en intentar entender las estructuras de la credibilidad científica en cualquier momento particular de la historia, las reglas de cualquier particular juego de la verdad. El tono general es de sostenido asombro y a menudo la historia recuerda un catálogo de idiotas, salpicado con exasperados signos de admiración que invitan al lector a maravillarse y realmente reírse de las tonterías de aquellos: “ ‘No deberíamos olvidar que Egipto fue el último país en permanecer bajo la dominación de la Atlántida’, escribió Fabre d’Olivet, con su usual inapreciable solemnidad”. En realidad, el gran estudioso estructuralista de los mitos y la sociedad a veces suena más bien como Richard Dawkins [un ateo fieramente polemista, n. del t.] cuando habla de quienes creen en dios.

De modo que lo que podríamos encontrar sorprendente y especial acerca de Vidal-Naquet es que un investigador que dedicó tanto tiempo y que adscribió tanto significado social a las construcciones culturales del Otro, de lo marginal, de la ciudad, tuviera que ser tan fieramente resistente a cualquier tipo de relativismo epistemológico, bastante despreocupado acerca de hacer distinciones inequívocas entre lo que es hecho y lo que es ficción, sobre quién es un historiador y quien un seudohistoriador, qué es historia y qué es mito.

Sin dudas, este apego a la historia y a la verdad tiene algo que ver con su biografía, y es el entretejimiento entre la vida de Vidal-Naquet y sus trabajos, que no deja de tener sus ironías y tensiones, lo que más fascina a Hartog. En su primer libro de Mémoires, Vidal-Naquet ubicó los orígenes de su vocación (la historia, decía, era su “religión”) en los años inmediatamente antes de que sus padres fueran enviados a Auschwitz. En una ocasión, en 1942, su padre empezó a hablarle acerca del caso Dreyfus, y en particular acerca de la pantomima que fue la segunda corte marcial del capitán en Rennes, en 1899, para cuando los verdaderos hechos del caso eran ampliamente conocidos. No fue hasta 1906 que Dreyfus fue rehabilitado. Un tiempo después, su padre le dio el artículo de Chateaubriand sobre el historiador como quien entrega relatos: “Cuando todos tiemblan ante el tirano y es tan peligroso ganarse sus favores como su enojo, el historiador aparece, cargado de la venganza de los pueblos. Nerón prospera en vano; Tácito ya ha nacido en el Imperio”. Luego de la desaparición y, como se supo, la muerte de sus padres, ser un historiador no era una mera vocación sino una “razón de vivir”. Era enteramente predecible que tendría un rol principal en la lucha contra los negadores del Holocausto, los “asesinos de la memoria”.

En su pequeña historia del mito de Platón, por tanto, se unen los dos lados de su activismo histórico: por un lado, el análisis del mito como mito, un trabajo de la imaginación, producido para un propósito específico en un contexto histórico específico por un ingenioso enemigo de los historiadores; por el otro, la narración de el no poder reconocer el engaño de Platón como lo que era. Aquí la historia aparece sobre todo como un trabajo a ser hecho y la verdad como algo por lo que se debe luchar, en necesidad de un subsidio constante a lo largo de los años, las décadas y los siglos.

Los paralelos percibidos entre Atlantis y el caso Dreyfus, sin embargo, significan que Vidal-Naquet quizá sobreenfatiza el rol de la razón de estado en el éxito de la atlantidomanía, y lo provocan para establecer una oposición binaria entre verdad total y mentiras totales, entre los trabajos de construcción puramente imaginativa y los acontecimientos históricos, una oposición que ni es ni creíble ni necesaria. No es, después de todo, completamente imposible que los egipcios no notaran ni registraran la inmersión del Santorini, que Platón no supiera sobre el hundimiento de Helike u otras ciudades, que no hubieran tradiciones acerca de una ciudad perdida o un continente perdido, que la información fuera confundida por el tiempo y la traducción, Estaría sorprendido si fuera así, pero incluso si estuviera sorprendido no veo cómo eso podría significar la más mínima diferencia para el argumento de Vidal-Naquet. ¿Qué podría ser más efectivo para un escritor interesado en los efectos realistas que un toque de realismo mismo? Los mitos más peligrosamente seductores son los que están salpicados con los aparentemente pequeños granos de una aparente verdad.

 
[i] The Trevelyan family crest has a semi-submerged horse, alluding to the myth that the first of the Trevelyans was the last of the inhabitants of the sunken land of Lyonesse.
[ii] La Découverte, 144 pp., €12, October 2007, 978 2 7071 5319 7.