1.
La información está explosionando tan furiosamente alrededor de nosotros y la tecnología de la información está cambiando a una velocidad tan asombrosa que enfrentamos un problema fundamental: ¿cómo orientarnos en este nuevo panorama? ¿Qué será, por ejemplo, de las bibliotecas de investigación en vista de maravillas tecnológicas como Google?
¿Cómo darle sentido a todo esto? No tengo ninguna respuesta a este problema, pero puedo sugerir un enfoque hacia él: vean la historia de las maneras en que la información ha sido comunicada. Simplificando radicalmente las cosas, uno puede decir que ha habido cuatro cambios fundamentales en la tecnología de la información desde que los humanos aprendieron a hablar.
En algún lugar alrededor del año 4000 AC, los humanos aprendieron a escribir. Los jeroglíficos egipcios se remontan a alrededor de 3200 AC, la escritura alfabética a 1000 AC. Según investigadores como Jack Goody, la invención de la escritura fue el más importante avance tecnológico en la historia de la humanidad. Transformó la relación de la humanidad con el pasado y abrió un camino para el surgimiento del libro como una fuerza en la historia.
La historia de los libros llevó a un segundo cambio tecnológico cuando el códice reemplazó a los rollos, en algún momento poco después de los inicios de la era cristiana. Hacia el tercer siglo DC, el códice (esto es, libros con páginas a las que uno les da vuelta en contraste con rollos que uno desenvuelve) se hizo crucial para la difusión del cristianismo. Transformó la experiencia de la lectura: la página emergió como unidad de percepción y los lectores fueron capaces de hojear a lo largo de un texto claramente organizado que finalmente incluía palabras (esto es, palabras separadas por espacios), párrafos y capítulos diferenciados, además de tablas de contenido, índices y otras ayudas para el lector.
El códice, a su vez, fue transformado por la invención de la imprenta con tipos movibles en la década de 1450. Por supuesto que alrededor de 1045 los chinos desarrollaron los tipos movibles y alrededor de 1230 los coreanos usaron caracteres de metal en lugar de bloques de madera. Sin embargo, la invención de Gutenberg, a diferencia de aquellas del Lejano Oriente, se difundió como un incendio en el bosque, llevando el libro al alcance de círculos cada vez más amplios de lectores. La tecnología de la imprenta no cambió por casi cuatro siglos, pero el público lector se hizo cada vez más grande gracias a mejoras en alfabetización, educación y acceso a la palabra impresa. Los panfletos y diarios, impresos por imprentas a vapor sobre papel hecho de pulpa de madera en lugar de trapos, extendió este proceso de democratización de modo que durante la segunda mitad del siglo XIX vino a existir un público lector masivo.
El cuarto gran cambio, la comunicación electrónica, tuvo lugar ayer o anteayer, dependiendo de cómo se la mida. Internet data de 1974, por lo menos el término. Se desarrolló a partir de Arpanet, que se remontaba a 1969, y de anteriores experimentos en comunicación entre redes de computadoras. La Web comenzó como un medio de comunicación entre físicos en 1981. Los sitios web y los motores de búsqueda se hicieron comunes a mediados de los años 90. Y desde ese punto todos conocen la sucesión de los nombres de marca que han hecho de la comunicación electrónica una experiencia de todos los días: buscadores web como Netscape, Internet Explorer y Safari, y motores de búsqueda como Yahoo y Google, el último, fundado en 1998.
Cuando se lo expone de esta manera, el paso del cambio parece impresionante: de la escritura al códice, 4,300 años; del códice a los tipos movibles, 1,150 años; de los tipos movibles a Internet, 524 años; de Internet a los motores de búsqueda, diecinueve años; de los motores de búsqueda al ranking de relevancia algorítmica de Google, siete años; y quién sabe qué está a la vuelta de la esquina o viniendo a la puerta de nuestra casa.
Cada cambio en la tecnología ha transformado el panorama de la información, y la aceleración ha continuado a tal escala que parece al mismo tiempo imparable e incomprensible. En el largo plazo (lo que los historiadores franceses llaman la longue durée) el cuadro general luce bastante claro, o más bien, vertiginoso. Sin embargo, al alinear los hechos de esta manera, he hecho que conduzcan a una conclusión excesivamente abrupta. Los historiadores estadounidenses así como franceses a menudo hacen esos trucos. Al cambiar la disposición de las evidencias es posible llegar a un cuadro diferente, uno que enfatiza la continuidad en vez del cambio. La continuidad que tengo en mente tiene que ver con la naturaleza de la información misma o, para ponerlo de manera diferente, con la inestabilidad inherente a los textos. En lugar de la visión de largo plazo de las transformaciones tecnológicas que subyace en la noción común de que acabamos de entrar a una nueva era, la era de la información, quiero proponer que cada una fue una era de la información, cada una a su propio modo, y que la información siempre ha sido inestable.
Comencemos con Internet y trabajemos retrocediendo en el tiempo. Durante los últimos años han surgido más de un millón de blogs. Ellos han dado origen a una rica tradición de anécdotas acerca de la difusión de la desinformación, algunas de las cuales suenan como mitos urbanos. Creo, sin embargo, que la siguiente historia es verdadera aunque no pueda responder por su exactitud, habiéndola recogido yo mismo de Internet. Haciendo una parodia, un periódico satírico, The Onion, publicó que un arquitecto había creado un nuevo tipo de edificio en Washington, D.C., un edificio con un domo convertible. En los días soleados, uno presionaba un botón y el domo se pliega y luce como un estadio de fútbol. En los días lluviosos parece el edificio del Capitolio. La historia viajó de sitio web en sitio web hasta que llegó a China, donde fue impresa en el diario Beijing Evening News. Luego fue recogida por Los Angeles Times, el San Francisco Chronicle, Reuters, CNN, Wired.com e innumerables blogs, como una historia acerca de la visión china de Estados Unidos: ellos piensan que vivimos en edificios convertibles así como conducimos autos convertibles.
Otras historias acerca del blogging apuntan a la misma conclusión: los blogs crean noticias y las noticias pueden tomar la forma de una realidad textual que en nuestras narices se impone sorpresivamente sobre la realidad. Actualmente muchos periodistas pasan más tiempo haciendo un seguimiento de los blogs más que verificando los datos con fuentes tradicionales como los voceros de las autoridades públicas. La noticia en la era de la información se ha soltado de su atracadero convencional y ha creado posibilidades de desinformación a una escala global. Vivimos en una época de accesibilidad sin precedentes a una información que es crecientemente no confiable. ¿O sí?
Yo quisiera proponer que la noticia siempre ha sido un artefacto y que nunca ha correspondido exactamente a lo que sucedía realmente. Tomamos la primera página de hoy como un espejo de los acontecimientos de ayer, pero fue armada ayer por la noche, literalmente, por editores “armadores” que diseñaron la página uno de acuerdo a convenciones arbitrarias: la noticia que abre en la columna de la derecha, la que no abre a la izquierda, noticias menores al interior o por debajo del pliegue, artículos resaltados por tipos especiales de titulares. El diseño tipográfico orienta al lector y forma el significado de la noticia. La noticia misma toma la forma de narrativas compuestas por profesionales de acuerdo a convenciones que ellos adquirieron en el curso de su formación: el modo de exponer de la “pirámide invertida”, el encabezado “llamativo”, las referencias que diferencian a las fuentes de “alto nivel” de las “del más alto nivel”, y así. La noticia no es lo que sucedió sino una historia acerca de lo que sucedió.
Por supuesto, muchos periodistas hacen lo mejor que pueden para ser exactos, pero deben conformarse a las convenciones del oficio y siempre hay una diferencia entre las palabras que escogen y la naturaleza de un acontecimiento tal como fue experimentado o percibido por otros. Pregúntese a cualquiera que haya estado en un acontecimiento cubierto por la prensa. Ellos le dirán que no se reconocen o que no reconocen el acontecimiento en la historia que apareció en el diario. Los lectores sofisticados en la Unión Soviética aprendieron a desconfiar de todo lo que aparecía en Pravda e incluso a tomar la no aparición como un signo de que algo sucedía. El 31 de agosto de 1980, cuando Lech Walessa firmó con el gobierno polaco el acuerdo que creó Solidaridad como un sindicato independiente, el pueblo polaco inicialmente se negó a creerlo, no porque la noticia no les llegara sino porque fue informada por la televisión controlada por el estado.
Yo mismo solía ser reportero de un diario. Obtuve mi formación básica cuando en 1959 era un estudiante universitario encargado de cubrir el cuartel general de la policía de Newark. Aunque había trabajado para los diarios de la escuela, no sabía qué era la noticia, es decir, qué acontecimientos podían hacer una historia y qué combinación de palabras llegarían a ser impresas después de que pasaran revista ante el editor de la noche. Cuando los acontecimientos llegaban al cuartel, normalmente tomaban la forma de “hojas de soplos” o informes mecanografiados de llamadas recibidas en la central. Las hojas de soplos tenían que ver con todo, desde perros perdidos hasta asesinatos, y ellas se acumulaban a razón de una docena cada media hora. Mi trabajo era recogerlas de un teniente en el segundo piso, revisarlas para ver cualquier cosa que pudiera ser noticia y anunciar la noticia potencial a los veteranos reporteros de una docena de diarios que jugaban póquer en la sala de prensa del primer piso. El juego de póquer actuaba como filtro de las noticias. Uno de los reporteros decía si algo de lo que yo había escogido era digno de ser verificado. Yo verificaba, usualmente mediante llamadas telefónicas a oficinas claves como el escuadrón de homicidios. Si la información era lo suficientemente buena, se la decía al juego de póquer, cuyos miembros la pasarían por teléfono a sus respectivas mesas de edición. Tenía que ser realmente buena, sin embargo (o sea, algo que la gente común consideraría algo malo), para merecer interrumpir el interminable juego. El póquer era el principal interés de todos, de todos menos yo: yo no podía darme el lujo de jugarlo (las cartas costaban un pago previo de un dólar, muchísimo dinero en esos días) y necesitaba desarrollar el olfato para las noticias.
Pronto aprendí a desechar a los “hallados muertos” [a la llegada del personal médico] (es decir, las muertes comunes) y los asaltos a estaciones de gasolina, pero me tomó tiempo determinar algo realmente “bueno”, como un asalto a mano armada en una tienda respetable o la rotura de una tubería de agua en un área céntrica de la ciudad. Un día encontré una hoja de soplos que era tan buena (combinaba violación y asesinato) que fui directamente al escuadrón de homicidios en vez de informar primero al juego de póquer. Cuando se la mostré al teniente de guardia, me miró con gesto de desprecio: “¿No ves esto, chico?” dijo, señalando una B entre paréntesis después de los nombres de la víctima y del sospechoso. Solo entonces noté que cada nombre estaba seguido de una B (black) o una W (white). No sabía que los crímenes que involucraban a la gente negra no calificaban como noticia.
Habiendo aprendido a escribir noticias, ahora desconfío de los diarios como una fuente de información y a menudo me veo sorprendido por los historiadores que los toman como fuentes primarias para conocer lo que realmente sucedió. Pienso que los diarios deberían ser leídos para encontrar información acerca de cómo los contemporáneos construían los eventos, más que para encontrar el conocimiento confiable de los conocimientos mismos. Un estudio de las noticias durante la Revolución Americana [La independencia de EEUU, n. del t.] hecho por un estudiante de posgrado bajo mi dirección, Will Slauter, ofrece un ejemplo. Will siguió los relatos de la derrota de Washington en la Batalla de Brandywine tal como fueron refractados en la prensa americana o europea. En el siglo XVIII, la noticia normalmente tomaba la forma de párrafos aislados más que de “historias” como las conocemos ahora, y los periódicos se robaban la mayoría de sus párrafos entre ellos, añadiendo nuevos materiales recogidos de chismes de café o de capitanes de barcos que regresaban de viaje. Un periódico realista de New York imprimió las primeras noticias de Brandywine con una carta de Washington que informaba al Congreso que había sido obligado a retirarse ante las fuerzas británicas comandadas por el general William Howe. Una copia del periódico viajó por barco, pasando de Nueva York a Halifax, Glasgow y Edimburgo, donde el párrafo y la carta fueron reimpresos en un periódico local.
Los reimpresos de Edimburgo fueron luego reimpresos en varios diarios de Londres, pasando cada vez por cambios sutiles. Los cambios eran importantes, porque los especuladores estaban apostando enormes sumas en el curso de la guerra en América, con los osos luchando contra los toros en la Bolsa de Valores [es decir, quienes juegan a la baja contra quienes juegan al alza en la bolsa, respectivamente, n. del t.] y el gobierno a punto de presentar un presupuesto al Parlamento británico, donde la oposición proamericana estaba amenazando con derribar al ministerio de Lord North. A una distancia de 3,000 millas y de a cuatro a seis semanas de viaje en barco, los acontecimientos en América eran cruciales para la resolución de esta crisis financiera y política.
¿Qué había sucedido realmente? Los londinenses habían aprendido a desconfiar de sus diarios, que frecuentemente distorsionaban las noticias a medida que se robaban los párrafos entre ellos. Que el párrafo original viniera de un periódico realista lo hacía sospechoso ante el público lector. Su complicada ruta lo hacía incluso más dudoso, pues ¿por qué habría Washington de anunciar su propia derrota, mientras Howe aún no había declarado su victoria en un despacho enviado directamente desde Philadelphia, cercana a la escena de la acción? Más aún, algunos informes señalaban que Lafayette había sido herido en la batalla, una imposibilidad para los lectores británicos, quienes creían (equivocadamente, a partir de informaciones inexactas anteriores) que Lafayette estaba lejos de Brandywine, luchando contra el general John Burgoyne cerca a Canadá.
Finalmente, lecturas cuidadosas de la carta de Washington revelaban toques estilísticos que no podían haber venido de la mano de un general. Uno, el uso de “arraying” en lugar de “arranging” al referirse al “arreglar” sus tropas, terminó siendo un error tipográfico. Muchos londinenses concluyeron por tanto que el informe era un fraude dirigido a promover los intereses de los especuladores que jugaban al alza y de los políticos conservadores, sobre todo a medida que la cobertura de la prensa se inflaba crecientemente a lo largo del proceso del plagio mutuo. Algunos diarios de Londres afirmaban que esa derrota menor había sido una gran catástrofe para los americanos, y que había terminado con la aniquilación del ejército rebelde y la muerte del mismo Washington (en realidad, se informó que murió cuatro veces durante la cobertura de la guerra, y la prensa de Londres declaró muerto a Benedict Arnold veinticuatro veces).
Le Courrier de l'Europe, un periódico francés publicado entonces en Londres, imprimió una colección condensada de los reportajes ingleses con una nota advirtiendo que probablemente eran falsos. Esta versión del evento pasó por una docena de periódicos franceses producidos en los Países Bajos, la zona del Rin, Suiza y la misma Francia. Para cuando llegó a Versalles, las noticias de la derrota de Washington habían sido completamente dejadas de lado. El conde de Vergennes, ministro de Relaciones Exteriores, continuó por tanto favoreciendo la intervención militar a favor de los americanos. En Londres, cuando después de un largo retraso finalmente llegó el informe de Howe anunciando su victoria (sin ningún motivo aparente había dejado de escribir por dos semanas), fue eclipsado por la más espectacular noticia de la derrota de Burgoyne en Saratoga. Así, la derrota de Brandywine se convirtió en un caso de noticia erróneamente escrita y erróneamente leída, un no-acontecimiento en los medios, cuyo significado fue determinado por el proceso de su transmisión, como la nota del blog acerca del domo convertible y las filtraciones de los informes criminales en el cuartel general de policía de Newark.
La información nunca ha sido estable. Eso puede ser una verdad obvia, pero merece ser meditada. Podría servir como un correctivo para la creencia de que la aceleración en el cambio tecnológico nos ha catapultado a una nueva era en la que la información ha salido por completo de control. Yo sostendría que la nueva tecnología de la información debería obligarnos a repensar la noción misma de información. No debería ser entendida como si tomara la forma de hechos reales o trozos de realidad listos a ser usados como una cantera por los periódicos, archivos y bibliotecas, sino más bien como mensajes a los que constantemente se les da nuevas formas en el proceso de transmisión. Al estudiarlos escépticamente en las pantallas de nuestras computadoras podemos aprender a leer más efectivamente nuestro diario de todos los días e incluso a apreciar los libros antiguos.
Los bibliógrafos llegaron a esta perspectiva mucho antes que Internet. Sir Walter Greg la desarrolló a fines del siglo XIX, y Donald McKenzie la perfeccionó a fines del XX. El trabajo de ambos ofrece una respuesta a las preguntas hechas por bloggers, googlers y otros entusiastas de la web: ¿por qué guardar más de una copia de un libro?, ¿por qué gastar para comprar primeras ediciones?, ¿no están los coleccionistas de libros destinados a la obsolescencia ahora que todo será disponible en Internet?
Los no creyentes solían desechar la determinación de Henry Clay Folger de acumular copias de la primera edición en folio de Shakespeare como la manía de un chiflado. El Primer Folio, publicado en 1623, siete años después de la muerte de Shakespeare, contenía la primera colección de sus obras, pero la mayoría de coleccionistas asumían que una copia sería suficiente para cualquier biblioteca de investigación. Cuando la colección de Folger pasó de las tres docenas de ejemplares, sus amigos se burlaron de él llamándole Folger Cuarenta Folios. Desde entonces, sin embargo, los bibliógrafos han explotado esa colección para obtener información crucial, no solo para la edición de las obras de teatro sino también para su puesta en escena.
Ellos han demostrado que dieciocho de las treinta y seis obras del Primer Folio nunca habían sido antes impresas. Cuatro fueron conocidas antes solo a partir de ejemplares fallados conocidos como “malas” ediciones en cuarto, folletos con piezas individuales impresas durante la vida de Shakespeare, a menudo por editores inescrupulosos que usaban versiones corruptas de los textos. Doce fueron reimpresas con modificaciones a partir de ediciones en cuarto relativamente buenas; y solo dos fueron reimpresas sin cambios, basadas en anteriores ediciones en cuarto. Dado que ninguno de los manuscritos de Shakespeare ha supervivido, las diferencias entre estos textos pueden ser cruciales para determinar qué escribió él. No obstante, el Primer Folio simplemente no puede ser comparado con las ediciones en cuarto, porque cada ejemplar del Primer Folio es diferente de los demás primeros folios. Mientras se imprimía en el taller de Isaac Jaggard en 1622 y 1623, el libro pasó por tres muy diferentes ediciones. Algunos ejemplares no tienen Troilo y Cressida, algunos incluyen un Troilo completo y otros tienen el texto principal de Troilo pero sin el prólogo y con un final tachado de Romeo y Julieta en el reverso de la hoja que contiene la primera escena de Troilo.
Las diferencias fueron resultado de por lo menos un centenar de correcciones hechas con la imprenta detenida, y de las prácticas peculiares de por lo menos nueve armadores que trabajaban en el Primer Folio mientras hacían otros trabajos, y ocasionalmente abandonando a Shakespeare y dejándolo en manos de un incompetente aprendiz adolescente. Al discutir a partir de las variaciones de los textos, bibliógrafos como Charlton Hinman y Peter Blayney han reconstruido el proceso de producción y llegado así a conclusiones convincentes acerca de las más importantes obras de la lengua inglesa. Estas meticulosas investigaciones no podrían haberse hecho sin los Folios de Mr. Folger.
Por supuesto, Shakespeare es un caso especial. No obstante, la estabilidad textual nunca existió en las eras preinternet. La edición más ampliamente difundida de la Encyclopédie de Diderot en la Francia del siglo XVIII contenía cientos de páginas que no existieron en la edición original. Su editor era un clérigo que aumentaba el texto con fragmentos de un sermón de su obispo con el fin de ganarse el patrocinio de éste. Voltaire consideraba tan imperfecta la Encyclopédie que diseñó su último gran trabajo, Questions sur l'Encyclopédie, como una secuela compuesta de nueve volúmenes. Con el fin de darle más sabor a su texto y aumentar su difusión, colaboró con piratas a espaldas de su propio editor, añadiéndoles pasajes a las ediciones piratas.
En realidad, Voltaire jugaba tanto con sus textos que muchos libreros se quejaban. Tan pronto como vendían la edición de una obra, aparecía otra que mostraba adiciones y correcciones por el autor. Sus clientes protestaban. Algunos decían incluso que no comprarían una edición de las obras completas de Voltaire (y hubieron muchas, cada una diferente de otras) hasta que él muriera, un acontecimiento ansiosamente anticipado por los minoristas de todo el comercio librero.
En la Europa de principios de la Edad Moderna la piratería estaba tan difundida que los best sellers no podían convertirse en megaéxitos como lo son ahora. En vez de ser producidos en enormes cantidades por un editor, eran impresos simultáneamente en muchas pequeñas ediciones por muchos editores, cada uno en la carrera de conseguir lo máximo de un mercado no constreñido por los derechos de autor. Pocos piratas intentaban producir copias exactas de las ediciones originales. Resumían, expandían y alteraban los textos como querían, sin preocuparse por las intenciones del autor. Se comportaban como deconstruccionistas al pie de la letra.
2.
El tema de la estabilidad textual conduce a la cuestión general del rol de las bibliotecas de investigación en la era de Internet. No puedo pretender ofrecer respuestas fáciles, pero me gustaría poner el tema en perspectiva a través de la discusión de dos visiones de la biblioteca que yo describiría como grandes ilusiones: grandes y parcialmente ciertas.
Para los estudiantes de los años 50, las bibliotecas lucían como ciudadelas del aprendizaje. El conocimiento venía empaquetado entre tapas duras y una gran biblioteca parecía contenerlo todo. Trepar las gradas de la Biblioteca Pública de Nueva York, pasar ante los leones de piedra que resguardaban la entrada y entrar a la monumental sala de lectura del tercer piso era entrar a un mundo que incluía todo lo conocido. El conocimiento venía ordenado en categorías estándares que podían ser buscadas en las fichas de un catálogo o en las páginas de los libros. En las universidades de todo sitio, la biblioteca se erguía en medio del campus. Era el edificio más importante, un templo que resaltaba por sus columnas clásicas, donde uno leía en silencio: ningún ruido, nada de comida, nada de perturbaciones más allá de una mirada furtiva a una muchacha, una cita potencial inclinada en quieta contemplación sobre un libro.
Los estudiantes de hoy respetan sus bibliotecas, pero en algunos campus las salas de lectura están casi vacías. Con el fin de volver a atraer a los estudiantes algunas bibliotecas les ofrecen sillones para reunirse y conversar, incluso bebidas y bocados, sin preocuparse de los restos de comida. Los estudiantes modernos o posmodernos hacen la mayor parte de sus investigaciones en computadores en sus habitaciones. Para ellos el conocimiento viene en línea, no en bibliotecas, porque la información es interminable, se extiende por todo sitio de Internet y para encontrarla uno necesita un motor de búsqueda, no las fichas de un catálogo. Esto, sin embargo, también puede ser una gran ilusión o, para ponerlo positivamente, hay algo que decir sobre ambas perspectivas, la biblioteca como una ciudadela e Internet como un espacio abierto. Hemos llegado a los problemas propuestos por Google Book Search.
En 2006 Google firmó acuerdos con cinco grandes bibliotecas de investigación (la Pública de Nueva York, Harvard, Michigan, Stanford y la Bodleian de Oxford) para digitalizar sus libros. Los libros con derechos de autor significaban un problema que pronto se complicó con juicios de editores y autores. Sin embargo, dejando eso de lado, la propuesta de Google parecía ofrecer una manera de poner a disponibilidad todo el aprendizaje basado en libros, para toda la gente, o por lo menos para aquellos privilegiados que tienen acceso a la web. Prometía ser la última etapa de la democratización del conocimiento puesta en marcha por la invención de la escritura, el códice, los tipos movibles e Internet.
Ahora hablaré como un entusiasta de Google. Creo que Google Book Search realmente hará que el aprendizaje a partir del libro sea accesible a una escala nueva, mundial, a pesar de la gran brecha digital que separa a los pobres de los computarizados. También abrirá posibilidades de investigación que involucran vastas cantidades de datos que nunca podrían ser dominadas sin la digitalización. Como ejemplo de lo que guarda el futuro mencionaré Electronic Enlightenment, un proyecto auspiciado por Oxford. Al digitalizar la correspondencia de Voltaire, Rousseau, Franklin y Jefferson (cerca de doscientos volúmenes en magníficas ediciones académicas) recreará efectivamente la trasatlántica república de las letras del siglo XVIII.
Las cartas de muchos otros filósofos, desde Locke hasta Bayle, pasando por Bentham y Bernardin de Saint-Pierre, serán integradas a esa base de datos de modo que los investigadores estarán en la capacidad de rastrear referencias a individuos, libros e ideas a través de toda la red de correspondencia que sostenía a la Ilustración. Muchos otros proyectos semejantes (notablemente American Memory, auspiciado por la Biblioteca del Congreso,[1] y Valley of the Sadow, creado en la Universidad de Virginia[2]) han demostrado la factibilidad y utilidad de las bases de datos a esa escala. Sin embargo, su éxito no prueba que Google Book Search, la más grande empresa de todas ellas, hará que las bibliotecas de investigación sean obsoletas. Por el contrario, Google las hará más importantes que nunca. Para defender este punto de vista me gustaría organizar mi argumentación en ocho puntos.
1.— Según la afirmación más utópica de los googlers, Google puede poner en línea virtualmente todos los libros impresos. Esa afirmación es engañosa y aumenta el peligro de crear una falsa conciencia, porque puede mecernos hasta llevarnos a descuidar nuestras bibliotecas. ¿Qué porcentaje de los libros en Estados Unidos (ni preguntarse para el resto del mundo) serán digitalizados por Google: 75 por ciento?, ¿50 por ciento?, ¿25 por ciento? Incluso si llega al 90 por ciento, los libros residuales no digitalizados podrían ser importantes. Recientemente descubrí una novela libertina extraordinaria, Les Bohémiens, de un autor desconocido, el marqués de Pelleport, quien la escribió en la Bastilla al mismo tiempo que el marqués de Sade estaba escribiendo sus novelas en una celda cercana. Pienso que el libro de Pelleport, publicado en 1790, es mucho mejor que todo lo que produjo Sade; cualesquiera sean sus méritos estéticos, revela mucho acerca de la condición de los escritores en la Francis prerrevolucionaria. Existen solo seis ejemplares de la novela, hasta donde puedo afirmarlo, y ninguno de ellos está disponible en internet[3] (la Biblioteca del Congreso de EEUU, que tiene un ejemplar, no ha abierto sus fondos a Google).
Si Google dejó pasar este libro y otros como él, el investigador que confiaba en Google nunca será capaz de ubicar ciertos trabajos de gran importancia. Los criterios de importancia cambian de generación en generación, de modo que no podemos saber qué les importará a nuestros descendientes. Ellos podrán aprender mucho de estudiar nuestras novelas Harlequin [popular editora canadiense de novelas románticas y para niños, n. del t.], de manuales de computación o de los directorios telefónicos. Los investigadores literarios y los historiadores de hoy dependen en gran medida de la investigación de almanaques, los antiguos libros vendidos por buhoneros [chapbooks en el original: “término formalizado por los bibliófilos del siglo XIX, como una variedad de material efímero. Incluye varios tipos de material impreso, como panfletos, tratados políticos y religiosos, rimas para niños, poesía, cuentos tradicionales, literatura infantil y almanaques...”. Wikipedia.] y otros tipos de literatura “popular”, pero pocos de esos trabajos de los siglos XVII y XVIII han supervivido. Fueron impresos en papel barato, vendidos con cubiertas frágiles, leídos hasta caerse a pedazos e ignorados por los coleccionistas y bibliotecarios que no los consideraban “literatura”. Un investigador de Trinity College, Dublin, recientemente descubrió un cajón lleno de olvidados libros de baladas, cada uno el único ejemplar en existencia, cada uno invalorable a ojos del investigador moderno aunque habría parecido sin valor alguno hace dos siglos.
2.— Aunque Google siguió una estrategia inteligente al comprometer a cinco grandes bibliotecas, sus fondos combinados no se acercarán a agotar el total de libros de Estados Unidos. Al contrario de lo que uno podría esperar, hay poca redundancia en los fondos de las cinco bibliotecas: 60 por ciento de los libros que están siendo digitalizados por Google existen solo en una de ellas. Hay cerca de 543 millones de volúmenes en las bibliotecas de investigación de Estados Unidos. Google informó como su meta inicial la digitalización de 15 millones. A medida que Google compromete a más bibliotecas (según la última cuenta, veinte y ocho están participando en Google Book Search) la representatividad de su base de datos digitalizada mejorará. Sin embargo, aún no se ha aventurado en las colecciones especiales, donde se encuentran los libros más antiguos y raros. Por supuesto, la totalidad de la literatura del mundo, todos los libros en todos los idiomas del mundo, permanece mucho más allá de la capacidad de digitalizar de Google.
3.— Aunque se espera que los editores, autores y Google arreglen su disputa, es difícil ver cómo los derechos de autor dejarán de ser un problema. Según la ley de derechos de autor de 1976 y a la extensión de la ley de derechos de autor de 1998, la mayoría de los libros publicados después de 1923 están actualmente cubiertos por los derechos de autor, y estos derechos se extienden ahora a la vida del autor más setenta años. En el caso de los libros que son del dominio público, probablemente Google permitirá a los lectores ver el texto completo e imprimir todas sus páginas. En el caso de los libros con derechos de autor, sin embargo, Google probablemente desplegará solo unas pocas líneas cada vez, lo que afirma es legal según el criterio de uso justo.
Google puede persuadir a los editores y autores a rendir sus derechos a los libros publicados entre 1923 y el pasado reciente, pero ¿conseguirá que modifiquen sus derechos para el presente y el futuro? En 2006 fueron publicados en Estados Unidos 291,920 nuevos títulos, y el número de nuevos libros en prensa se ha incrementado caso cada año de la última década a pesar de la difusión de las publicaciones electrónicas. ¿Cómo podrá Google mantenerse al paso de la producción actual mientras al mismo tiempo está digitalizando todos los libros acumulados por siglos? Mejor es que incrementemos las adquisiciones de nuestras bibliotecas de investigación antes que confiar en Google la preservación de los libros futuros para beneficio de las futuras generaciones. Google define su misión como la comunicación de la información: ahora mismo, hoy día; no se compromete a conservar los textos indefinidamente.
4.— Las compañías declinan rápidamente en el rápidamente cambiante medio de la tecnología electrónica. Google puede desaparecer o ser eclipsada por una tecnología incluso más grande que podría convertir su base de datos en algo pasado e inaccesible como muchos de nuestros viejos disquetes y CD-ROMs. Las empresas electrónicas vienen y se van. Las bibliotecas de investigación duran por siglos. Es mejor fortificarlas que declararlas obsoletas, porque la obsolescencia está incorporada en los medios electrónicos.
5.— Google cometerá errores. A pesar de su preocupación por la calidad y el control de la calidad, dejará pasar libros, se saltará páginas, hará imágenes borrosas y fallará de muchas maneras en la reproducción perfecta de los textos. Alguna vez creímos que el microfilme resolvería el problema de preservar los textos. Ahora sabemos más.
6.— Como en el caso del microfilme, no hay garantía de que las copias de Google duren. Los bits se degradan con el tiempo. Los documentos pueden perderse en el ciberespacio debido a la obsolescencia del medio en el que están codificados. El hardware y el software se extinguen a un paso angustiante. A menos que se resuelva el irritante problema de la preservación digital, todos los textos “nacidos digitales”, pertenecen a una especie en peligro. La obsesión por desarrollar nuevos medios ha inhibido los esfuerzos para preservar lo viejo. Hemos perdido 80 por ciento de todas las películas mudas y 50 por ciento de todos los filmes hechos antes de la Segunda Guerra Mundial. Nada preserva mejor los textos que la tinta embebida en papel, especialmente el papel manufacturado antes del siglo XIX, excepto los textos escritos en pergamino o grabados en piedra. El mejor sistema de preservación jamás inventado fue el libro premoderno, del viejo estilo.
7.— Google planea digitalizar muchas versiones de cada libro, recogiendo lo que venga a medida que los ejemplares aparecen en los estantes, al estilo de una línea de ensamblaje, pero ¿los pondrá todos a disponibilidad? Si es así, ¿cuál pondrá en primer lugar en su lista de búsqueda? Los lectores comunes y corrientes podrían perderse mientras investigan entre miles de diferentes ediciones de las obras de Shakespeare, así que dependerán de las ediciones que Google haga más fácilmente accesibles. ¿Determinará Google su ranking de relevancia de libros de la misma manera en que hace el ranking de las referencias a todo lo demás, desde dentífrico hasta estrellas del cine? Ahora tiene un algoritmo secreto para hacer el ranking de las páginas web según la frecuencia de uso entre las páginas enlazadas a ellas, y se supone que usará un algoritmo similar para hacer el ranking de la demanda de libros. Nada, sin embargo, sugiere que tomará en cuenta los estándares prescritos por los bibliógrafos, tales como la primera edición publicada o la edición que corresponde más cercanamente con la intención expresada del autor.
Google emplea cientos, quizá miles de ingenieros pero, hasta donde sé, ni un solo bibliógrafo. Su desconocimiento de cualquier preocupación visible por la bibliografía es particularmente lamentable dado que la mayoría de los textos, como acabo de sostener, fueron inestables a lo largo de la mayor parte de la historia de la impresión de libros. Ni un solo ejemplar de un best seller del siglo XVIII vale por la interminable variedad de sus ediciones. Los investigadores serios tendrán que estudiar y comparar muchas ediciones en las versiones originales, no en las reproducciones digitalizadas que Google escogerá de acuerdo a criterios que probablemente no tendrán nada que hacer con el rigor de las investigaciones bibliográficas.
8.— Incluso si la imagen digitalizada que aparece sobre la pantalla es exacta, dejará de capturar aspectos cruciales de un libro. Por ejemplo, el tamaño. La experiencia de leer una pequeña encuadernación en duodécimo, diseñada para ser sostenida fácilmente en una mano, difiere considerablemente de aquella de leer un pesado folio colocado sobre un atril. Es importante poder sentir un libro: la textura de su papel, la calidad de su impresión, la naturaleza de su encuadernación. Sus aspectos físicos nos ofrecen pistas acerca de su existencia como un elemento en un sistema social y económico, y si contiene notas al margen, puede revelar mucho de su lugar en la vida intelectual de sus lectores.
Los libros también sueltan olores especiales. Según una reciente encuesta a estudiantes franceses, el 43 por ciento considera que el olor es una de las más importantes calidades de los libros impresos: tan importante que ellos se resisten a comprar los inodoros libros electrónicos. CaféScribe, un editor en línea francés, está intentando contrarrestar esa reacción dando a sus clientes una etiqueta adhesiva que libera un olor a libro antiguo cuando se pega a las computadoras.
Cuando leo un libro antiguo, sostengo sus páginas contra la luz y a menudo encuentro entre las fibras del papel pequeños círculos hechos por gotas caídas de la mano de quien trabajaba en la tinaja fabricando el papel, o pedazos de camisas o enaguas que no fueron adecuadamente molidas durante la preparación de la pulpa. Una vez encontré la huella digital de un impresor atrapada en la encuadernación de una Encyclopédie del siglo XVIII, testimonio de los trucos del oficio de los impresores, quienes a veces esparcían demasiada tinta con el fin de hacer más fácil una impresión al bajar la barra de la imprenta.
Me doy cuenta, sin embargo, de que consideraciones como “sentir” y “olor” pueden parecer rebajar mi argumentación. La mayoría de los lectores se preocupa del texto, no del medio físico en el que está implantado, y al darle gusto a mi fascinación con los impresos y el papel puedo exponerme a acusaciones de romantizar o de reaccionar como un investigador pasado de moda, ultralibresco, que no desea más que retirarse a una sala de libros raros y antiguos. Me declaro culpable. Me encantan las salas de libros raros y antiguos, incluso de aquellos donde uno se pone guantes antes de manejar sus tesoros. Las salas de libros raros son una parte vital de las bibliotecas de investigación, la parte más inaccesible a Google. No obstante, las bibliotecas también ofrecen a los lectores comunes lugares donde sumergirse en libros, sitios silenciosos en ambientes cómodos, donde los códices pueden ser apreciados en toda su individualidad. En realidad, el argumento más fuerte en favor del libro del viejo estilo es su efectividad para con los lectores comunes. Gracias a Google, los investigadores son capaces de buscar, navegar, cosechar, explotar, seguir enlaces en profundidad y reptar (el término varía con la tecnología) a través de millones de sitios web y textos electrónicos. Al mismo tiempo, cualquiera que busque una buena lectura puede tomar un volumen impreso y hojearlo cómodamente, disfrutando la magia de las palabras en forma de tinta sobre el papel. Ninguna computadora satisface como la página impresa. Sin embargo, Internet entrega datos que pueden ser transformados en un códice clásico. Ya ha hecho de los impresos a pedido una industria floreciente y promete poner a disponibilidad libros a partir de computadoras que operarán como cajeros automáticos: ingrese su código, haga su pedido electrónicamente, y de la máquina sale un volumen impreso y encuadernado. Quizá algún día el texto en una pantalla sostenida en la palma de la mano placerá al ojo tan satisfactoriamente como la página de un libro producido hace dos mil años.
Mientras, digo: apoyen a las bibliotecas. Abastézcanlas con materia impresa. Refuercen sus salas de lectura. No piensen, sin embargo, que se trata de un almacén o un museo. Mientras ofrecen sus libros, la mayoría de las bibliotecas de investigación operan como centros nerviosos para la transmisión de impulsos electrónicos. Adquieren conjuntos de datos, mantienen repositorios digitales, ofrecen acceso a revistas electrónicas y orquestan sistemas de información que llegan hasta las profundidades de los laboratorios así como de los estudios. Muchas de ellas están compartiendo su riqueza intelectual con el resto del mundo al permitir que Google digitalice sus colecciones impresas. Por tanto, también digo: larga vida a Google, pero no cuenten con que viva lo suficiente para reemplazar a ese venerable edificio con las columnas corintias. Como ciudadela del aprendizaje y como plataforma para la aventura en Internet, la biblioteca de investigación aún merece erguirse al centro del campus, preservando el pasado y acumulando energía para el futuro.
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