Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Joseph Stiglitz: ¿pesimista o sesgado ante la globalización?
 

Por Robert Skidelsky

Publicado originalmente como “Gloomy About Globalization”, The New York Review of Books, Vol. 55, No. 6, 17 de Abril de 2008 [http://www.nybooks.com/articles/21259]. Traducido por Alberto Loza Nehmad.

Reseña del libro de Joseph Stiglitz, Making Globalization Work, Norton, 358 pp.

 

1.

Making Globalization Work [Cómo hacer que la globalización funcione] es el tercero de los populares y populistas libros de Joseph Stiglitz.[1] Como Jeffrey Sachs, Stiglitz es un economista convertido en predicador, y pertenece a una nueva clase de evangelistas seculares producidos por la caída del comunismo. Stiglitz quiere impedir que los países ricos exploten a los países pobres sin dañar los manantiales de la creación de riqueza. En ese sentido es un socialdemócrata clásico. Su fervor misionero, sin embargo, es muy estadounidense. “Salvando al planeta”, uno de los capítulos de su nuevo libro, podría haber sido el título del libro.

Stiglitz está a favor de la globalización, a la que define como “la más estrecha integración económica de los países del mundo”. Critica las maneras en las que se ha hecho. Las “reglas del juego”, escribe, han sido establecidas en gran medida por los intereses corporativos de EEUU. Los acuerdos comerciales han empeorado a los pobres y condenado a miles a morir de Sida. Las corporaciones multinacionales han despojado a los países más pobres de sus recursos naturales y dejado tras sí la devastación medioambiental. Los bancos occidentales han cargado a los países pobres con una deuda insostenible.

Gran parte de esto está bien dicho. Aunque no es nuevo, aguanta la repetición. Sin embargo, el principal problema presente no es cómo hacer que la globalización sea más justa para los países pobres. El problema es cómo hacer para que sea menos volátil y para retirar la amenaza que supone para la gente pobre y la de ingresos medios en los países ricos, esos electores con el poder de descarrilarla. El sentimiento antiglobalización es un fenómeno de los países ricos. Es bastante extraño, por tanto, escribir un libro acerca de cómo hacer que la globalización funcione, prestando al mismo tiempo tan poca atención a las preocupaciones de la gente de los países ricos.

Esto es de lo más lamentable porque el trabajo técnico de Stiglitz, por el que consiguió un Premio Nobel en economía, trata de los fracasos típicos de las economías desarrolladas. El modelo “Shapiro-Stiglitz” explica por qué los salarios no pueden ser suficientemente flexibles como para mantener un pleno empleo continuo, una idea que podría haber sido ventajosamente aplicada a los efectos causados por la competencia basada en los salarios bajos de Asia. Sin embargo, como en sus otros trabajos sobre la globalización, Stiglitz ha sido influenciado principalmente por su experiencia como economista principal del Banco Mundial en los años 90. Esto lo convenció de que las políticas inspiradas en Washington para promover el desarrollo económico en los países pobres estaban, en realidad, obstaculizándolo. Se siente particularmente indignado por la respuesta del Fondo Monetario Internacional a la crisis financiera de Asia en 1997-1998, respuesta que debido a sus pobremente concebidos esfuerzos de rescate, dijo, convirtió las desaceleraciones en recesiones, y las recesiones en depresiones. Se dice que sus críticas abiertas condujeron a que fuera retirado del Banco Mundial en 2000, a pedido del entonces Secretario del Tesoro Lawrence Summers. Este libro amplía sus anteriores críticas a las políticas occidentales de desarrollo y propone alternativas socialdemocráticas.

2.

Joseph StiglitzEn opinión de Stiglitz, los regímenes de comercio de la posguerra (GATT, Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio; OMC, Organización Mundial del Comercio; NAFTA, Tratado de Libre Comercio de América del Norte) han estado marcadamente inclinados a favor de los países ricos, los que él entiende principalmente como Estados Unidos, Europa y Japón. Estos países han usado sus mayores conocimientos y mayor poder económico para ganar a los países pobres en las negociaciones. Los países ricos han impuesto la liberalización del comercio (primero en bienes industriales, luego en servicios calificados) sobre los países pobres, mientras ellos retienen sus propios subsidios agrícolas y barreras no arancelarias (bajo la forma de estándares medioambientales), las mismas que castigan a los exportadores de los países pobres. No faltan evidencias de estos reclamos.

Stiglitz propone un nuevo principio de acuerdos comerciales internacionales: la reciprocidad entre iguales, pero la diferenciación entre países en diferentes niveles de desarrollo. Los países ricos, sostiene, deberían abrir sus mercados a los países pobres sin exigirles un acceso recíproco a éstos y sin imponer sus propios estándares laborales o medioambientales sobre esos países. A los países pobres se les debería permitir mantener sus aranceles. Los países ricos, ya sea en Europa o Norteamérica, deberían retirar paulatinamente sus subsidios agrícolas. Deberían alentar la inmigración de la mano de obra no calificada. Deberían refrenarse de establecer acuerdos comerciales bilaterales, que permiten que los intereses particulares operen en la oscuridad. Es bastante cierto, acepta él, que todo esto podría conducir a la pérdida de trabajos en los países ricos, pero ésta podría ser compensada por una “mejor ayuda para el reajuste laboral, redes de seguridad más fuertes y un mejor manejo macroeconómico”, así como por una “mayor inversión en tecnología y educación”. En vista de los obstáculos políticos ante tal programa compensatorio, este es un tratamiento notablemente arrogante de la más grande preocupación que enfrentan los trabajadores en los países ricos, a lo que volveré luego.

Stiglitz ataca vigorosamente los “aspectos comerciales de los derechos de propiedad intelectual”. Estos, sostiene, “han impuesto sobre el mundo entero el régimen de la propiedad intelectual dominante en Estados Unidos y Europa tal como existe en la actualidad”. Los nuevos fármacos podrían salvar millones de vidas en los países pobres, pero son inaccesibles porque están protegidas por patentes que permiten a las compañías farmacéuticas cobrar precios monopolísticos por un período de veinte años o más. Al incluir la protección de las patentes en la Organización Mundial del Comercio, escribe, los negociadores estadounidenses y europeos firmaron una “garantía de muerte para miles de personas de los países más pobres del mundo”. Las compañías farmacéuticas deberían estar obligadas a vender a los países pobres (a un precio casi de costo) los fármacos destinados a conservar la vida o a asumir el otorgamiento compulsivo de licencias para medicamentos genéricos que podrían ser producidos por los países en desarrollo y comercializados entre ellos. Stiglitz también quiere otorgar a los países pobres una protección contra lo que él llama la “biopiratería” de las compañías farmacéuticas: la explotación de las medicinas tradicionales basadas en plantas de los países pobres, sin pagar por ellas.

Stiglitz hace la interesante pregunta de si la protección de patentes (o cuánto de ella) es necesaria para acicatear la innovación y en qué campos. Hay razón para argumentar que tal protección recompensa las innovaciones triviales y hace más lentas las más fundamentales al levantar barreras de entrada al mercado. También es verdad que el Sida ha reducido la esperanza de vida en los países del sur del África como Botswana, Kenia, Zimbabwe, Malawi y Sudáfrica. Sin embargo, Stiglitz está equivocado al singularizar los aspectos comerciales de los derechos de propiedad como el principal obstáculo para el uso de las medicinas antirretrovirales. Como él reconoce, Brasil, otro país devastado por el Sida, simplemente desechó el régimen comercial de los derechos de propiedad y comenzó a manufacturar fármacos antirretrovirales por cuenta propia. En Sudáfrica, en contraste, el ministro de salud, Manto Tshabalala-Msimang, denunció al fármaco nevirapine, usado para prevenir la transmisión de VIH de madre a hijo, como un “veneno” para las mujeres sudafricanas.[2]

Stiglitz afirma que los países ricos también roban a los países pobres sus recursos naturales. La explotación de sus recursos es la manera más rápida en que un país puede crecer, siempre que los recursos no sean robados. Sin embargo, los recursos naturales son extinguibles, de modo que a menos que la economía se expanda más allá de sus recursos básicos, su capital se agotará incluso a medida que crecen sus ingresos. Los gobiernos pueden mitigar este resultado por medio de varias salidas técnicas tales como el establecimiento de “fondos de riqueza soberana” que “reservan” parte de los recursos para las generaciones futuras. No obstante, tales remedios, sostiene Stiglitz, se hacen más difíciles porque las compañías multinacionales entran en combinación con los dictadores locales para robar a las poblaciones de los países ricos en recursos naturales una riqueza que podría ser de ellos.

El conjunto de remedios que propone Stiglitz, muchos de ellos familiares, está diseñado para asegurar que los países pobres con abundantes recursos naturales consigan el “valor total” de los recursos extraídos. Él defiende, entre otras reformas, métodos “verdes” de contabilidad que incluyan el agotamiento y las “externalidades” medioambientales (tales como la contaminación del aire y el agua), transparencia total de los pagos de regalías y la certificación de origen, para evitar que el comercio de recursos como los diamantes de Sierra Leona se usen para financiar conflictos internos violentos. La ayuda externa a los países pobres debería ser reducida en el monto del “robo” interno de recursos por parte de gobiernos o corporaciones extranjeras. Estas medidas reconocen la importancia de cambiar los incentivos de los gobiernos de los países pobres en sus tratos con las corporaciones multinacionales. Stiglitz olvida, sin embargo, el problema de los incentivos que enfrentan tales gobiernos al tratar con sus propias poblaciones, ¿Qué método de escoger gobernantes minimiza la tendencia a la corrupción?

El mecanismo preferido de Stiglitz para disminuir las emisiones de CO2 es un impuesto al carbono. Todos los países deberían imponer un impuesto a las emisiones de carbón, con tasas que reflejen las emisiones que ellos generan. El impuesto sería establecido lo suficientemente alto como para producir las reducciones previstas por el acuerdo de Kyoto de 1997, sin tener que establecer metas nacionales. Esto es suficientemente sensato, dada la premisa de que el cambio global es principalmente el resultado de las emisiones de CO2.

El capítulo sobre la deuda es el mejor del libro. Stiglitz escribe:


Los países en desarrollo se endeudan demasiado o se les presta demasiado, y de maneras que los obligan a asumir la mayor parte de los riesgos o el riesgo total de los incrementos subsiguientes en las tasas de interés, las fluctuaciones en la tasa de cambio o las disminuciones en el ingreso.

Como resultado, los países en desarrollo están frecuentemente sobrecargados con una deuda que no pueden pagar. La solución de Stiglitz tiene dos partes: estos países “deberían endeudarse menos, mucho menos, de lo que se han endeudado en el pasado”; y el mundo debe acordar una “manera ordenada de reestructurar y reducir la deuda”.

El enfoque de Stiglitz a la reforma de la deuda se ha convertido en una verdad mayoritariamente aceptada, aunque la acción sigue algo retrasada. Hay un amplio acuerdo en que la ayuda a los países pobres debería principalmente ir en la forma de fondos, no préstamos, puesto que es improbable que los préstamos sean devueltos; que los países pobres altamente endeudados deberían prestarse muy conservadoramente en su propia moneda; que puede necesitarse que se ponga impuestos y restricciones a los flujos de capital de corto plazo con los que los inversionistas extranjeros buscan retornos rápidos al mismo tiempo que retirar rápidamente su dinero. Hasta el 25 de julio de 2005, a veintiocho países pobres altamente endeudados se les había dado US $ 56 mil millones en alivio de su deuda. En junio de 2005, en Gleneagles, el G8 acordó ofrecer 100 por ciento de condonación para los dieciocho países más pobres, catorce de ellos en África.

Hay un creciente acuerdo en que a los países no se les debería hacer pagar sus “deudas odiosas”, deudas incurridas por gobernantes previamente corruptos o represivos que generalmente se canalizaron directamente a las cuentas corrientes de ellos mismos. Y hay un creciente apoyo a la reestructuración de la deuda por medio de una ley internacional de quiebras. Lo que acertadamente les da a los conservadores ciertas dudas son las nuevas burocracias internacionales requeridas para administrar estas reglas. Stiglitz propone el establecimiento de una “Corte de Crédito Internacional” para que decida cuánto de la “deuda odiosa” deben pagar los países, así como una Agencia Internacional de Quiebras para reestructurar la deuda soberana. Para alguien tan alerta a la posibilidad de que los productores capturen las instituciones gubernamentales, Stiglitz es sorprendentemente optimista acerca del potencial de estos organismos para corregir los errores que describe.

Stiglitz retorna luego al sistema monetario global. Aquí el gran problema ha sido la acumulación de reservas internacionales, principalmente dólares, por parte de los países en desarrollo. Entre 2001 y 2005, Japón, China, Corea del Sur, Singapur, Malasia, Tailandia, Indonsia y las Filipinas doblaron sus reservas totales, de US $1 billón a US$ 2.3 billones de dólares, con China como la superestrella. El ingreso per cápita de China es menos de US $1,500 dólares anuales, de los cuales el equivalente de $799 es retenido como reservas. Para los países en desarrollo como un todo, las reservas internacionales se elevaron, de entre 6 y 8 por ciento del Producto Nacional Bruto durante los años 70 y 80, a 30 por ciento del PNB hacia 2004. A finales de 2006 se esperaba que las reservas de los países en desarrollo alcanzaran los $3.35 billones de dólares.

Los países en desarrollo mantienen tan altas cantidades de reservas internacionales para asegurarse contra corridas desestabilizadoras de su propia moneda y para evitar una invasiva supervisión del FMI tal como la que les cayó a los países cogidos por la crisis Asiática de 1997-1998. Los países de Asia también mantienen devaluadas sus propias monedas para promover sus exportaciones. Los países usan sus reservas para comprar bonos de corto plazo del Tesoro estadounidense. Esto le permite a Estados Unidos consumir más de lo que produce, a un ritmo de cerca de 7 por ciento de su PNB.

Sin embargo, la acumulación de reservas gana menos ingresos por intereses para los bancos centrales de los países pobres de los que darían usos alternativos de esos fondos, y expone a esos bancos a grandes pérdidas de capital si la moneda en la que se mantiene las reservas se depreciara en relación con sus monedas nacionales, como ha sido el caso del dólar americano. Stiglitz correctamente enfatiza los imponentes “costos de oportunidad” (las oportunidades alternativas dejadas de lado) que enfrentan los países en desarrollo al mantener reservas tan altas. Los bonos del Tesoro americano ganan solamente 1-2 por ciento, contra 10-15 por ciento que se podría ganar en proyectos domésticos de alta rentabilidad.

Para superar estas fallas, Stiglitz reformula una propuesta adelantada en los años 60 por el FMI sobre emitir una nueva moneda de reserva internacional llamada “derechos especiales de libramiento” (DEL; “special drawing rights”), a los que llama “verdes [dólares] globales”. La creación de una moneda especial para las reservas, sostiene, haría menos necesario a los países el acumular reservas en dólares y “haría más de lo que hacen otras iniciativas para que la globalización funcione”. No es obvio por qué esto debería ser así. Podría ayudar a los muy endeudados países del África subsahariana, aunque al riesgo de hacerlos adictos a los DEL, pero esto no haría nada para evitar la excesiva acumulación de reservas en países como China, Japón y Rusia.

Aunque Stiglitz también menciona aprobatoriamente la propuesta de John Maynard Keynes de 1941 de penalizar la excesiva acumulación de reservas, él no la sigue. El propuesto Banco de Compensación habría requerido de países cuyas balanzas comerciales estuvieran siempre en superávit como para revaluar su moneda así como para pagar intereses sobre sus depósitos “en exceso”. El objeto de estas medidas era otorgar incentivos a los países acreedores para que gastasen sus superávits, no para que los acapararan.[3] Esta sugerencia, que nuca fue adoptada, va más directamente a la raíz de la excesiva acumulación de reservas que a la simple expansión del volumen de los “verdes globales”.

El libro concluye con atisbos de nuevas soluciones. Stiglitz quiere “minimizar el daño” que las corporaciones le hacen a la sociedad, y “maximizar la contribución neta de éstas”, y para este fin propone cinco medidas: fortalecer la responsabilidad social corporativa, evitar los monopolios o carteles, incrementar la cobertura de la responsabilidad por los daños medioambientales, hacer posibles las demandas a nivel global entabladas a nombre de grupos de afectados, y crear reglas de la OMC contra la competencia desleal y el soborno.

Más allá de todo esto, todas las instituciones globales necesitan democratizarse. En los países ricos (aunque recientemente no en EEUU), los gobiernos han intervenido para compensar las inequidades del poder y la riqueza, pero estos mismos países han desatado un mercado libre casi sin regulaciones sobre el resto del mundo. Stiglitz reconoce que los malos gobiernos en los países pobres son en parte responsables de mantenerlos pobres, aunque él también sostiene que los intereses corporativos tienen en gran medida la culpa del mal gobierno. Al debilitar a la nación-estado, ellos debilitan la habilidad de los gobiernos para responder a los problemas que las mismas corporaciones crean. Lo que se necesita, sostiene Stiglitz, es instituciones democráticas globales análogas a aquellas que existen en las jurisdicciones nacionales. “La gobernabilidad, los problemas en la manera en que se toman las decisiones en el terreno internacional, están en el centro mismo de los fracasos de la globalización”.

Stiglitz propone diez mandamientos de procedimiento y diez mandamientos sustantivos para que sean la base de un nuevo “contrato global”. Los primeros diez apuntan a incrementar la representación y el poder de los países pobres y pequeños en las organizaciones globales. Los siguientes diez entronizarían una gran cantidad de compromisos de los países desarrollados con los que están en desarrollo, incluyendo el apoyo a la democracia:

Sigo con la esperanza de que tarde o temprano (esperemos que más temprano que tarde) el mundo se volverá a la tarea de crear un régimen de comercio más justo y propicio al desarrollo. Las exigencias por esto de parte de los países del mundo en desarrollo no dejarán de hacerse cada vez más ruidosas. La conciencia y el interés propio del mundo desarrollado finalmente responderá.

3.

¿Qué opinión puede hacerse uno de estos argumentos? He señalado algunos de los análisis y las propuestas de Stiglitz; el misterio para mí es cómo un economista tan bueno podría escribir de un modo tan poco satisfactorio. Sus principales fallas me parece son las siguientes:

Primero, Stiglitz subestima en gran manera la medida en la cual la globalización, imperfecta como es, está ayudando a la gente de los países pobres. Ya ha sacado a cientos de millones de la pobreza. Stiglitz encuentra un mundo “repleto de fracasos”. Es típica su afirmación de que aunque 250 millones de indios han mejorado sus estándares de vida “inmensamente” en las últimas dos décadas, 800 millones no lo han conseguido (un buen ejemplo del fracaso e Stiglitz en reconocer los méritos del progreso). Véase también lo siguiente: “La triste verdad... es que fuera de China, la pobreza en el mundo en desarrollo se ha incrementado durante las últimas dos décadas”. El Banco Mundial pone esto de una manera diferente: “Según el frugal estándar de $1 dólar al día, encontramos que en 2001 había 1,100 millones de pobres, es decir, cerca de 400 millones de pobres menos que en los 20 años previos”. Stiglitz cree que el incremento en la pobreza fuera de China relativiza el progreso hecho en la reducción de la pobreza. Sin embargo, 400 millones menos de gente viviendo en extrema pobreza es una verdad feliz, no triste, ya sea que suceda en China o cualquier otro lugar.

Stiglitz también le quita importancia a los logros obtenidos fuera de China. Es verdad que el número de los muy pobres fuera de China se elevó ligeramente. Stiglitz cita la cifra de 877 millones de personas en el mundo en desarrollo que en 2001 vivían con menos de $1 dólar al día, un incremento de 3 por ciento sobre 1981. Lo que él deja de mencionar es que la población total de estos países aumentó en 20 por ciento en el mismo período, de modo que mientras actualmente hay un número ligeramente más alto de muy pobres en el mundo en desarrollo, ellos representan, proporcionalmente, una disminución desde el 32 por ciento hasta el 21 por ciento de la población total.

Stiglitz también olvida el hecho de que el número de quienes vivían con entre $1 y $2 dólares al día, se elevó casi tanto como caía el número de gente que vive con menos de $1 al día. Tampoco menciona el estimado del Banco Mundial de que si la pobreza global continúa cayendo a la tasa tenida entre 1981 y 2001, hacia 1015 la reducción con certeza será casi suficiente para lograr la Meta de Desarrollo del Milenio de la ONU de disminuir a la mitad la proporción de gente que vive con menos de $1 dólar diario.[4] Otro observador podría ver el vaso medio lleno y no medio vacío.

Ahí donde Stiglitz acepta que ha sucedido algún progreso, él niega que éste se pueda atribuir a la actual manera en que ocurre la globalización. Su método consiste en mostrar que los países que rechazaron el mantra del mercado libre conocido como “consenso de Washington”, lo hicieron mejor que los países que sí lo siguieron. Por ejemplo, los gobiernos asiáticos como los de Japón, Taiwán y Corea del Sur invirtieron en industrias con un alto potencial de crecimiento, alentaron el ahorro entre sus poblaciones, limitaron las importaciones que socavaban su agricultura y manufacturas y, en el caso de China e India, restringieron los flujos de capital de corto plazo.

Tales intervenciones pueden o no haber contribuido a sus respectivos “milagros”. No obstante, sin duda mucho más importantes fueron los actos de liberalización doméstica de la economía: para China, la descolectivización de la agricultura y la integración del “sistema de responsabilidad del hogar” de fines de los años 70; para India, la desregulación de gran parte de la producción, la inversión y el comercio exterior en los años 90. Sobre todo, el “crecimiento conducido por la exportación” del Asia dependió crucialmente de abrirse a los mercados extranjeros, especialmente los occidentales, por medio de tratos bilaterales y de sucesivas rondas de reducciones de aranceles.

La globalización, a pesar de ser imperfecta, a menudo funciona efectivamente para los pobres. A pesar de su mensaje universal, el libro de Stiglitz trata principalmente de hacer que la globalización funcione para el África subsahariana, donde en gran medida el problema es endémicamente el mal gobierno. Como lo hemos visto recientemente, incluso estados africanos “exitosos” como Kenia y Nigeria pueden en cualquier momento colapsar y caer en el caos.

Segundo, Stiglitz subestima la medida en la que los países pobres son responsables de mantener su propia pobreza. Él deja pasar la pregunta clave: ¿Por qué, a lo largo del tiempo, algunos países se hacen ricos y otros pobres? Su respuesta implícita, cuasimarxista, es que esto se debió a que los ricos explotaron a los pobres. Un enfoque alternativo y en mi opinión superior, propuesto por primera vez por Douglass North, es que los países ahora ricos desarrollaron instituciones superiores que aquellas de los países que permanecieron pobres, y que la brecha en el desarrollo económico entre las diferentes partes del mundo ya había emergido hacia el siglo XVIII.[5]

Como dice North, el crecimiento económico requiere del igualamiento de las tasas de retorno privada y pública: los empresarios tienen que ser capaces de recibir el beneficio que sus empresas dan a la sociedad si es que se quiere que la empresa tenga lugar. Esto requiere que los gobiernos creen y mantengan los derechos de la propiedad individual. El establecimiento de un régimen robusto de propiedad fue la contribución institucional más sobresaliente del desarrollo económico de Occidente.

Stiglitz quiere hacer lo inverso para los países pobres. El énfasis de su libro está puesto sobre el daño que las corporaciones internacionales hacen, y quiere que ellas reduzcan este daño forzándolas a pagar por él, esto es, limitando sus derechos de propiedad en los países pobres. Esta es una posición defendible si uno cree que el valor social de las habilidades empresariales ha declinado. Este puede ser el caso en los países ya desarrollados, aunque se podría poner en duda si se mira los efectos revolucionarios traído por el desarrollo de los teléfonos celulares y las corporaciones de Internet como Google. Sin embargo, el único lugar donde con seguridad esto no es cierto es en el mundo en desarrollo, que requiere de mayores y no de menores habilidades empresariales. Aunque Stiglitz reconoce la importancia que para lograr el éxito económico tienen las buenas instituciones nacionales, el foco de su libro está demasiado resueltamente puesto sobre las fuentes externas del fracaso. Esto alimenta la tendencia natural en quien no tiene éxito de reclamar que es víctima del exitoso.

Tercero, Stiglitz olvida el peligro que significa la globalización para los países desarrollados. Esto es, sobre todo, una amenaza para los trabajos y los salarios de sus trabajadores, hasta ahora en gran medida para los no especializados, pero difundiéndose también hacia los especializados. Los salarios reales promedios en Estados Unidos se han estancado por más de veinte años pese al boom de la economía. Stiglitz reconoce que la globalización está elevando los salarios del trabajo no calificado en China y deprimiéndolos en EEUU y que el efecto depresor es más rápido que el efecto elevador. Rechaza el proteccionismo pero, como hemos visto, todo lo que puede ofrecer es continuados esfuerzos de entrenamiento y mejoramiento de las habilidades para adecuar a los trabajadores estadounidenses a una economía competitiva global. Esta es, sin embargo, una respuesta inadecuada. Prácticamente todos los tipos de empleo que no requieren de presencia física pueden ser ahora subcontratados fuera del país. Según Alan Blinder, esto supone de 22 a 29 por ciento de todos los trabajos de EEUU.[6] Puede haber demasiada competencia.

Cuarto, Stiglitz subestima el peligro de la inestabilidad financiera. Actualmente estamos pasando una demostración gráfica de la volatilidad de un sistema económico dominado por los mercados financieros. La globalización incrementa tanto la posibilidad de las crisis financieras como reduce la capacidad de los gobiernos de tratarlas. Después de la crisis asiática de 1997-1998 y de la moratoria argentina de 2002, se hizo común decir que los shocks financieros estaban confinados a los países en desarrollo con sus “inmaduros” mercados financieros, pero que en Occidente habíamos descubierto el secreto de los mercados que no colapsan.

Esta llamada “sabiduría común” está siendo puesta de cabeza. Lawrence Summers es uno entre un creciente número de economistas que cree que la crisis de los créditos sub-prime más probablemente arrastrará a Estados Unidos (y a gran parte del resto del mundo, que depende del consumo norteamericano) a la recesión.[7] La inestabilidad financiera bien puede ser la principal falla del sistema del capitalismo global y es mucho más potencialmente destructora para éste que los peligros que destaca el libro de Stiglitz.

Finalmente, Stiglitz olvida el nexo maligno que existe entre los desequilibrios de la balanza global de cuenta corriente (como lo ejemplifica el enorme déficit comercial estadounidense), los flujos de capital libres y la pérdida de trabajos en Estados Unidos. No es solo que el comercio libre exponga a las compañías norteamericanas a una saludable explosión de competencia proveniente de los bajos salarios en el Asia. Se trata del hecho de que los arreglos actuales sobre la tasa de cambio permiten que persistan enormes desequilibrios en la balanza de cuenta corriente. Esto crea un problema de “súpercompetitividad “ (una competencia por salarios que son artificialmente mantenidos bajos, como en la China actual) por medio de una tasa de cambio subvaluada.

Esto no podría haber sucedido en el pasado. Bajo el régimen clásico del patrón oro, un país deficitario como Estados Unidos habría estado obligado a reducir su estándar de vida con el fin de volver a ganar competitividad. En el presente “no-sistema”, este país puede vivir más allá de sus medios durante años, sacrificando su competitividad. Esto se debe a que el dólar es la principal moneda usada como reserva internacional. Estados Unidos está en la feliz posición de ser capaz de darles a otros países notas “te debo tanto” por compras de bienes y servicios que destruyen trabajos norteamericanos.

El sistema se adapta a ambos lados. Los estadounidenses pueden consumir al año millones de dólares más de lo que ganan, mientras los trabajadores asiáticos les ofrecen $700 mil millones de dólares en bienes y servicios que de otro modo los americanos tendrían que producir ellos mismos. Puesto que este arreglo irracional es el único medio que hasta ahora ha diseñado la sabiduría humana para evitar una depresión global, es comprensible que pudiera haber una conspiración de gente con capacidad de decidir las políticas tratando de mantenerlo en funciones. Pero esto no puede seguir por siempre.

Primero, existe la misma falla que se trajo abajo al sistema de Bretton Woods en 1971, a saber, que las crecientes obligaciones del país cuya moneda se usa como reserva hace que quienes tengan esa moneda pierdan confianza en ella. Esto ha comenzado a suceder. Desde 2000, el dólar se ha depreciado en 70 por ciento en relación con una canasta de monedas (proporcionada según participación de cada una en el comercio internacional). La depreciación “manejada", fácilmente podría convertirse en un colapso.

Segundo, es inevitable que haya una reacción proteccionista tan pronto como el “sonido del chuponeo” mencionado por Ross Perot, producido por la subcontratación en el extranjero, se haga demasiado ensordecedor. Si se va a dejar al comercio seguro y libre, tiene que haber un acuerdo sobre las tasas de cambio entre los poderes dominantes, incluyendo los movimientos de capital. Si tal acuerdo está ausente, no se permitirá que el comercio permanezca libre. La falta de atención a estos problemas interconectados en un libro sobre qué hacer para que la globalización funcione, es su falla más palpable.

Es difícil decir cuánto se ha desviado Stiglitz de esta línea de investigación por razón de sus compromisos teóricos, dado que la mayor parte de la acción teórica tiene lugar fuera de las páginas del libro. El Premio Nobel de Stiglitz se debió a su trabajo sobre las economías del riesgo y la información. Los mercados sujetos a la “información asimétrica” (una situación en la que la información está desigualmente distribuida entre las partes de una transacción) y otras imperfecciones no funcionan como lo sugieren los modelos de competencia perfecta, y necesitan ser “corregidos”.

A pesar de lo válido que sea esto según sus propios términos, se trata de la perspectiva de un microeconomista, mientras los problemas principales de la globalización, lo sugiero, yacen en su descontrolada macroeconomía. Encuentro más compatible, y más relevante, la actitud relativamente permisiva hacia los llamados fracasos del mercado que mostraron los grandes economistas del siglo XX, Keynes y Friedrich Hayek, y su gran preocupación por los problemas de asegurar la estabilidad macroeconómica, a pesar de lo diferente de como pensaran el problema. Ellos comprendían que la incertidumbre y la frustración de las expectativas eran aspectos inherentes, no contingentes, de la vida económica. En la economía de Keynes, una pérdida de confianza, cualesquiera fuesen sus causas, conduce a un incremento de la “preferencia por la liquidez”, o sea a un vuelo desde la inversión hacia el dinero. Como Keynes decía, sube el precio de separarse del dinero. Esto está sucediendo ahora. La crisis del crédito en Estados Unidos y el exceso en la acumulación de reservas en Asia son signos de un incremento en la preferencia por la liquidez. La necesidad no está en buscar nuevas e ingeniosas maneras de hacer que los mercados marginales sean más eficientes, sino en ofrecer un ambiente macroeconómico que reduzca las posibilidades de shocks financieros que causan ese vuelo hacia el dinero.

Hace un año, pocos fuera de un pequeño círculo de expertos habían incluso oído de los instrumentos colateralizados de débito (ICD) o de los vehículos de inversión estructurada (VIE) cuya falta de pago recientemente ha estado disminuyendo la marcha de la economía estadounidense. Es un ejemplo perfecto de cómo puede repentinamente venir una tormenta financiera cuando uno menos la espera, destruyendo todas las técnicas sofisticadas, seudocientíficas de “promediar” el riesgo con las que la gente racional intenta convencerse de que el mundo es más predecible que nunca.

Mi crítica final es que el libro de Stiglitz está descuidadamente escrito. Stiglitz era, y aún es, un sobresaliente teórico de la economía. Sin embargo, ha estado produciendo grandes libros mal argumentados. El laudable fin tras ellos es informar a una audiencia más amplia acerca de las políticas económicas que podrían hacer del mundo un mejor lugar, ciertamente con mejores vidas para los pobres, y tal celo defensor tiene su lugar en la movilización de la gente hacia la acción. No obstante, le faltan la elegancia, la urgencia y la pasión del predicador, aunque demasiado frecuentemente haya perdido el rigor del científico. En mi opinión, aún no ha encontrado un estilo adecuado para la exposición popular de sus ideas económicas.

El lector debería estar consciente de mis propios sesgos. Soy tan alérgico al enturbiamiento del análisis y a las prédicas que encuentro difícil hacerle justicia a un libro como éste. Así que déjenme decir que tiene muchas buenas cualidades y muchos argumentos poderosos. Hay una cierta grandeza moral en alguien que busca curar al mundo de su “enfermedad, su cojera y sus tropezones”, a pesar de los tropiezos de su propia prosa.[8]

 
 
[1] Los dos previos fueron Globalization and Its Discontents (Norton, 2002) reseñado en The New York Review of Books por Benjamin M. Friedman, 15 de agosto de 2002; y The Roaring Nineties (Norton, 2003), reseñado en The New York Review of Books por William D. Nordhaus, 15 de enero de 2004.
[2] Stephen Lewis, enviado especial de las Naciones Unidas para VIH/SIDA en África, el 18 de agosto de 2006, dijo que "Sudáfrica es la peor injuria de todas. Es el único país en África… cuyo gobierno es aún obtuso, dilatorio y negligente en cuanto a desarrollar el tratamiento. Es el único país en África cuyo gobierno continúa proponiendo teorías más dignas de una secta lunática que de un estado compasivo”. Véase www.kaisernetwork.org/health_cast/ uploaded_files/Lewis%20Closing%20 Speech.pdf.
[3] Para una estimulante versión contemporánea de las ideas de Keynes acerca de la arquitectura financiera internacional, véase Paul Davidson, John Maynard Keynes (Palgrave Macmillan, 2007).
[4] Para la mejor discusión de estos temas, ver Shaohua Chen y Martin Ravallion, "How Have the World's Poorest Fared Since the Early 1980s?," The World Bank Research Observer, Vol. 19, No. 2 (Otoño 2004), pp. 141–169.
[5 ]See Douglass C. North and Robert P. Thomas, The Rise of the Western World: A New Economic History (Cambridge University Press, 1973).
[6] Alan S. Blinder, "How Many US Jobs Might be Offshorable?," Documento de trabajo No. 142 (Marzo 2007), Center for Economic Policy Studies, Princeton University. Vladimir Masch ha producido un plan para el "comercio libre compensado", para "controlar la globalización, salvar empleos norteamericanos, evitar las guerras comerciales, detener el comercio depredador e, imponer la disciplina financierasobre nuestro país Micawberish [N. del t.: Micawber, personaje eternamente optimista de Charles Dickens]." Ver "A Radical Plan to Man-age Globalization," www.businessweek .com, Febrero 14, 2007.
[7] Lawrence Summers, "Wake Up to the Dangers of a Deepening Crisis," Financial Times, November 25, 2007. El punto de vista de Stiglitz sobre la actual crisis en EEUU puede encontrarse en "How to Stop the Downturn," Op-Ed en The New York Times, Enero 23, 2008.
[8] Quisiera agradecer a Paul Davidson, Emily Farchy, Vijay Joshi y Vladimir Masch por sus útiles comentarios a mi primer borrador.